Escribir tu nombre

A veces la nostalgia se toma tu nombre:
cada día el mar me dice que añoras el vértigo de amarnos en este precipicio
que se abre a la impaciencia de ser uno y más,
tal como la luna corretea bruma y rocío en sus mareas
y termina plasmándose de cómplice en una vorágine de estrellas.

Perdóname la lluvia, los terremotos, los meteoritos.
Perdóname el amor, la devoción, la conversación, el interés.
Perdóname por poseer una sola vida,
por carecer de la profundidad de los escribas y los poetas,
de no tener de mi lado las palabras que quieres escuchar.

Somos la sombra oscura que deja la huella fiel
de un carboncillo sobre una hoja blanca,
somos la textura de negros matices que deja una mano impasible,
que dibuja un destino de sonrisas o de lágrimas sobre nuestros rostros,
llorando, sintiendo, viviendo que tus ojos lo sienten,
así como secándose el tiempo y muriendo infinita la distancia.

Un día empecé a preguntarme cómo sería tu andar,
tu sonrisa, tu voz, la cadencia profunda de tu corazón,
los aromas de tu aura, los sabores de tu piel,
todas aquellas cosas de ti
que la bruma de la distancia parece esconder
con el desdén de un abismo insondable,
y descubrí qué estás tatuada a mi espíritu, absolutamente,
como la exactitud marca el diapasón que despierta toda esta sensación
de amar.

Las letras que no respondo son el silencio de lo que quiero amar, sí:
sabes que si te sueño te perderé al despertar.
Hoy, los amores lejanos, como despojos carentes de olvido,
se hicieron perennes e imposibles en la turbación descontrolada
de las palabras y del deseo,
y yo, sin ser el peor de los hombres, lo soy:
tendrás que descubrirlo alguna vez,
cuando mis palabras te desnuden con la eficiencia del ansia
y la dislocación que es negar que la soledad
se viste elegantemente invisible.

Si mis dedos fueran tu piel, y mis manos tu cuerpo,
si mi torso fuese tu abrigo y mi abrazo tu hogar,
yo sería un sueño en tu dormir,
y tú la quimera de mi existencia,
y la vida vacía sin estrellas,
y la noche sin oscuridad,
yo sería un verso invisible en tus ojos,
leyéndome silenciosa en el olvido.
Sí, leernos, que sea una pasión,
de esas que desbordan las mareas,
de aquellas que provocan que el otoño desnude indefenso sus hojas,
así descascarándonos, despojándonos,
precisamente humedeciéndonos, fundiéndonos,
hiriéndonos como la piel que muere desfallecida
después de tocarse en el torrente del orgasmo
y de fundirse en los sentires profundos de una mirada que, altiva,
esquiva e inclemente,
no es más que la timidez de adivinar tus ojos.

Dejaría mis días y mis palabras agotarse débil y febrilmente
en la total tortura de la intemperie,
si tus noches humedecieran sin mesura
la intensa sequedad de mi cuerpo:
déjame ser tu pecho, el oxígeno de tu sangre,
la porosidad de tu piel, el regalo salino que humedece de ti
todo el sentido de pérdida de mi propio cuerpo,
la noción de bondad,
la privacidad de la ternura de mis dedos buscándote
en la propia convicción de la carne,
sabiendo que mi itinerario inicia en ti:
¿qué habría sido del mundo si uno de nosotros hubiese negado
el impulso de amar,
de volar, de descubrir el fuego y la palabra escrita,
de aventurarse por primera vez en el universo
y ver su rostro reflejado en las estrellas?

Susurraré tu nombre en la cantera de mis palabras
para que el viento lo eleve sin más ataduras
que la sola entonación de mi voz,
y si no hubiese infinito en el acto de perderte,
y si amarte no tuviese que ver con estar vivo,
y si esa noche te hubiese pedido te quedaras conmigo por siempre,
y si hubiese nacido en vez de haber muerto,
y si pudiera decirte lo que siento en vez de decir lo siento,
y si ese beso fuera eterno
y tú fueras mía
y yo pudiese abrazarte ahora,
olvidándolo todo en una neblina que desmienta mi escisión de ser,
mi sentido de transcender, de permanecer despierto,
de amar para testificar que ésta sola existencia,
es la ocasión finita y apropiada de fusionar en una sola palabra
mi ímpetu con tu vida, tu historia con mi destino,
mi singularidad con tu complejidad,
la simplicidad de desear resolverlo todo así,
en una partitura que resuma lo que no sé decir:
si solo alimentarse fuese tocarte,
si solo respirar fuese bailar contigo,
si solo caminar fuese un tránsito diáfano para estrecharnos bajo las libélulas,
si solo vivir fuese tan simple como amarte,
algo tan sencillo como escribir tu nombre.

—–

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
El Color de la Lluvia – 2011 [Borrador]

Fotografía: “Perfect”. Obra original de Tea Lucic (Belgrado, Serbia). Usado con permiso expreso de la autora. Todos los derechos reservados ©.

Los extremos

By Paul Hocksenar (Australia)

En un extremo,
una mano tersa acaricia el rostro de un padre,
de un esposo,
de un hijo
y se funde con los aromas que despiertan la mañana,
cada mañana,
aquellas prisas que la rutina convierte en la felicidad de contemplarse alegres,
reunidos en el reflejo infinito de las pupilas de los seres que se aman.

Con la misma gentileza,
una delicada mano de hombre acaricia los cabellos de una hija
que mima ensimismada una muñeca despeinada sobre su vestido,
o estrecha los delgados pliegues de una falda que regalan la hermosa imagen de una mujer
sobre la hierba mojada en una tarde de domingo,
o abraza los hombros cansados de una madre que mira con ternura,
los gestos que la vida ha puesto en un extremo de su mirada.

En las copas de los árboles,
el rocío teje aureolas de colores vivos que enmudecen con su retahíla, los murmullos
de las encendidas pasiones de un hombre amando el cuerpo de una mujer,
o la pureza de una mujer amamantando el destino de un niño anhelante,
que alegre crece soñando futuros y juegos y certidumbres
en los verdes parques diseminados en las doradas techumbres
que cosquillean de sol, las nubes y las brisas que corretean
y que mutan de vida las farragosas naciones y los viejos crisoles,
con ese arraigo tan peculiar de los hechos y de las virtudes y de los errores
que pueblan la historia,
que altiva y soñadora construye ciudades,
que vetusta y prometedora acuna el éter de los países,
el eco de la cultura, el sabor de las regiones,
la música de las identidades,
la áspera singularidad de un territorio que no es un mapa,
sino la devota representación del roce, del cariño, del calor humano.

En un extremo.

Una mano tersa aprieta el gatillo de un arma pesada disparada a quemarropa,
y destroza la carne, las vestimentas y las esperanzas en un estallido de metralla que rasga
y penetra el tejido vivo de hombres, mujeres y niños, de ancianos y jóvenes,
llenando la atmósfera de pólvora que danza desbocada en explosiones
rosáceas de sangre y de muerte,
mientras por sobre el silencio intermitente de la artillería y de los misiles,
queda el griterío de los heridos y de los agónicos,
cuyo hedor de miedo y fluidos, de horror y desamparo,
va lastimando las almas sobrevivientes más que la propia visión
de los cuerpos destrozados por el fuego y los escombros que barren de una plumada,
los pueblos y ciudades que la guerra va poniendo en su camino.

Una mano de hombre enfunda un cuchillo y desgarra, eficaz, frío, alienado,
el estómago y las orejas de otro hombre moribundo,
mientras descarga un cargador completo de casquillos de cobre y puntas cruzadas
sobre los rostros vendados de prisioneros y heridos, asesinándolos,
cociéndolos en metal y nitrato y esquirlas, concluida la misión de la tortura y
regando de sangre, recuerdos y de conocimiento,
de arte y de amores,
las paredes blancas de una ciudad abatida convertida en paredón.

Una mano de hombre va cercenando con una navaja, eficiente, los pezones
ensangrentados de un grupo de mujeres convertidas en despojos humanos que sollozan
las llagas y los escupos y los golpes y el semen al ser abusadas y profanadas
frente a sus hijas y sus esposos,
frente a la mirada extraviada y dolida de sus padres y de sus madres,
mancilladas todas, una vez, dos veces, cien veces, con el quebranto
que solo la muerte puede aplacar en la búsqueda del momento crucial de la asfixia,
a manos llenas, antes de que exploten ahogados los pulmones
y los esfínteres se retuerzan en una mueca de exaltado goce para los depredadores.

Una tersa y elegante mano de hombre, a miles de kilómetros de distancia,
sentencia el destino de niños, mujeres y hombres y de sus ciudades y sus campos
y sus siembras y sus animales y sus ilusiones y sus sentimientos,
dando la orden de rociar desde el cielo, toneladas de bombas de acero que desparraman
sobre el aire, fuego, gasolina, aceite de coco, poliestireno y benceno,
con la ebria capacidad de incinerar la vida, el carbono, el agua,
pero dejar intactos y sucios, hábilmente tiznados,
los edificios y los objetos y las plagas,
mientras una combustión incandescente se expande por el oxigeno quemándolo todo
y las columnas de humo señalan en el cielo,
los lugares asolados por las piras funerarias.

Una delicada mano de hombre coloca su rúbrica en un decreto con una pluma de plata,
y condena al exterminio a los amables vecinos de un pueblo soleado que,
cercano a otro villorrio marcado con un color diferente que lo distingue en el mapa,
se visten distinto, hablan distinto, rezan distinto.

Una mano de hombre acaricia el rostro de un hijo recién nacido.
Es una mano de hombre delicada y ocupada,
en un extremo o en el otro,
y la misma mano siempre.

¿Sabes cuántas guerras
se están diseminando,
hoy,
por la faz de nuestro planeta?
Paz, soberanía, libertad, religión,
agua, petróleo, gas, drogas
son sus nombres.

—–

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
El Color de la Lluvia – 2011 [Borrador]

Fotografía: “The Faceless Victims Of War”. Obra original de Paul Hocksenar (Melbourne, Australia). Usado con permiso expreso del autor. Todos los derechos reservados ©.

Los muertos lloran en silencio

Pienso en ti,
en esta hora en que la convicción ha vencido mi concluyente rigidez,
en el momento que me desplomo débil y encallado
a las promesas dormidas de tus besos,
en la oscuridad eterna de este mal paso dado a tientas,
ciego como el sonámbulo enamorado de la niña de tus ojos,
el viraje indomable que la vida ofrece un segundo después de resolver no seguir viviendo,
no seguir amando.

¿Qué me dices de morir definitivamente de esta soledad,
y en cinco minutos recordar tus labios cerrándose y abriéndose
como una flor enrevesada en los privilegios del sol,
para decir mi nombre por primera vez,
por última vez?

Resulta que la muerte se disfraza de soledad
y se instala en los corazones tristes con la promesa de un largo sueño:
en un extremo de la cuerda, la viga,
y en el otro, el sufrimiento.

No es el viento ni la sangre lo que mece tu recuerdo,
ni tu muerte es el olvido que agrieta toda esta tristeza que enjuga el corazón:
es tu voz, es tu risa, es tu mirada que, desvanecida, ida, muerta,
parece mezclarse con las sombras que nacen agónicas para cobijar la noche.

Y después del amor, de nuestro amor,
la muerte se quedará aquí con las palabras que antes te hacían latir en mi,
en los abrazos que incendiaban de sudor y besos el amanecer,
en amores que la muerte no podrá estrechar en sus brazos jamás,
con esa cadencia impropia que es mudarse desde la humedad a la desolación.

—–

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
El Color de la Lluvia – 2011 [Borrador]

Fotografía: Fuente Tumblr / http://k-i-t-t-e-n.tumblr.com/

Amores que dejé

¿Qué escribir de ti, hermosa dama,
que no describa la esencia absoluta de mi pecado?

Saber de ti, es beber de ti.
Decir que te amo es también decir que fue breve,
y es decir que duele, aunque breve.

Te ofrezco la simple rectitud de mi mirada,
la espesa profundidad de mi amor,
sumergida desde la candidez a la complejidad,
mi compañía infinita frente al pozo ineludible del tiempo
y la poderosa y sempiterna proximidad de la muerte.

Pudiendo elegir otros brazos, distintos abrazos,
te ruego te quedes conmigo un pequeño instante infinito para descubrir,
que sólo soy lo que ves,
y que es mi corazón el que decidió, sin tribulaciones,
esta disyuntiva final de encadenarse a la frágil libertad de estar contigo.

Uno es el principio de todo deseo, mi hermoso amor,
y entre tú y yo, sí, entre los dos,
los secretos del delirio duelen más que la propia y fulgente verdad
de esta fiebre que quema por instinto la indecisión y la cobardía,
o que sobrepasa esta vieja mentira de decirnos que la soledad
no nos va llenando de dolor o de vacío.

Eres el pequeño soplo que me despierta palabras con un beso,
guardando el calor del roce de tus manos en el secreto regazo
de la noche que nace y muere aquí.
Te imagino como un deseo irrealizable, irresistible,
la tentación que inunda el arrebato quimérico de una sucesión de encrucijadas,
pero sólo lo imagino cuando te voy despojando de tus velos y pudores.

Y me incendio en la preciosa contradicción de tu humedad,
en el vaho inconmovible que de ti me desborda en el rocío
que bebo para aligerar suspiros y lágrimas nocturnas,
que aspiro como el vapor que nubla las estrellas con el color pálido de tu piel,
que me arropa desnudo como la niebla que antecede a la conmoción del orgasmo,
que fluye invencible en el cuerpo como la temprana lluvia del amanecer,
que glorifica el sol abriendo el collar de nubes que anudan el firmamento,
esa inmensa impregnación que nace para mi desde la profundidad de tus muslos,
rompiendo el silencio de mi voz por sobre la insaciable necesidad de amarse,
en la perfección que hace surgir mi saliva espesa y mi asperjado semen,
dejándote sentir el regalo de mi sonrisa irradiándose en tu rostro,
al compartir en un solo cuerpo,
la reciprocidad final de los amores de ti,
la entrañable tormenta de los perpetuos amores que dejé,
de los amores que encontré.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
El Color de la Lluvia – 2011 [Borrador]

Fotografía: “Musa” – Original de Adriana Reid (México). Usado con permiso de la autora. Todos los derechos reservados ©.

El rumor de la caracola

Hoy

Me abandono a tu desolación,
a la cortesía de vivir
en la sumisión de lo genésico,
la pasión de morir
en la grosería del olvido.

Veo el negro de tus ojos
llenando el espacio de mi vida,
como despedida anticipada,
como rendición insuperable,
como postración inequívoca,
como presagio de una trágica desbandada
de esta vida y de este mundo,
drenando de lágrimas negras la mortalidad
que ruge sobre el rumor de la caracola.

Le preguntas al silencio.
Siempre.
¿Me besarías en una noche de lágrimas?
Y me quedo mudo aguardando
la mutilación de cada día,
diciéndote que estoy aquí,
pero que ya no soy,
que hace tiempo dejé de ser quien era.

Pero seré yo quien despierte de esta muerte,
del abandono de tus besos,
de la ausencia de tus ojos,
del ardor ido de nuestros cuerpos,
del silencio de tus palabras,
del murmullo sordo de la destrucción
que todo lo devora
en su afán de imitar
esa bravata diaria del océano.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010
El imperio de las migajas – 2011

Fotografía: “Modelo” – Original de Adriana Reid (México). Usado con permiso de la autora. Todos los derechos reservados ©.

Los amantes muertos


Somos el naufragio destronado
de otros tiempos,
la pérdida infinita
convertida en total tristeza:
una negra ceniza que corona
las sienes de recuerdos y goces,
de viejos roces vividos
hoy
en la antigua soledad de los cuerpos,
mucho antes de la frondosa desnudez del amor,
mucho después del silencio aterido
de la natural escarcha de la noche
y de cuando este frío tieso presente
en las manos
se rendía rehén de esa pasión
por dibujarse el rostro a tientas
en la oscuridad de los ojos
y en la rebosante seducción del incendio
y la penetración,
del calor desatado,
del oxígeno deflagrado,
la mutua compañía dilatada
en la dura desolación
que fue adorarse
y nunca más contemplarse,
como en el inequívoco desdén de las conversaciones
sin fin,
limitadas solo por la voracidad
de seguir amándose
hasta que el sol manchase de canela
el exquisito aroma
que es la piel haciéndose carne
en la saliva y en los labios.

Pero los amantes muertos
suelen ahogarse en los recuerdos,
en la sangre seca,
en una húmeda corteza hecha dura costra
en la orilla de otros océanos exánimes,
yertos de tanta melancolía
y de absoluto abandono,
de fastuoso cinismo
y de claro desencanto,
de fatal fastidio al navegar
el infortunio enredados
en las lastimosas dimisiones
de lo que se fue,
aquí, así,
en la nostalgia de la carne mordida
por el delicado corazón de las almas,
en la aceptación final
de lo que significa sentir
diluirse el ahora,
aquí, así,
en la mortandad de un amor
que a mis ojos parece una aventura
en otra piel.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
Original de 2011 de El Imperio de las Migajas – 2011

@CifuentesLucic

Obra: “Amantes 111″. Original de Nicoletta Tomas Caravia (España). Acrílico / Lienzo 60 x 70 cm. Colección Privada. Usado con permiso de la autora. Todos los derechos reservados ©.

El imperio de las migajas

¿Sabes cuántas cosas morirían
de tristeza
y abandono en tus brazos?
En el silencio,
tu silencio,
en la miríada de las estrellas,
tu ser.

Te dejo mi nostalgia,
te dejo mi sosiego,
no te diré más de lo que la prudencia
de la posesión
y del perderse en ti
permitan,
te miraré por última vez mañana,
una mañana,
y bendeciré para ti,
en secreto,
la senda de tu ascensión
aún cuando ello te distancie
de mi.

No es el amor,
son las palabras.
No es el corazón,
son tus ojos.
No es lo que me das,
es lo que soy.
Finalmente entre nosotros,
comprendo,
no era la orfandad
ni la boca muda,
o el paso ciego,
desventurado
obsceno
disimulado
ni la bofetada mustia
o la palabra necia
o la declaración de guerra,
lo que establece la ignominia
de apreciar
la vida bajo el halo feroz
de un poliedro.

Soy el asesino de las horas que mueren
con la desesperanza de tu partida;
en mi inconsciencia,
la tormenta es la ocasión
del trueno,
y en el olvido,
la circunstancia se convierte
en la perdición de lo amado.
Piénsalo,
mientras duermes serena abrazada
a las sombras de la noche,
mis ojos inquietos persiguen
tu eclipse
en el insomnio de los recuerdos:
todas las promesas del amor
tienen tus palabras y mi nombre,
todas las promesas del amor
tienen tu nombre y mis palabras.

El viento mecerá las estrellas
después de ese beso de despedida,
pero ¿quién besará mis huesos
cuando muera,
quién dirá unas palabras gentiles
sobre la despedida de mis cenizas?

La esperanza no es una raíz seca,
ni el responso la furia
de tu mirada en la decapitación,
para ti una aparición breve,
como una serenata mortuoria,
como el peso de los años
en los brazos de un amor moribundo.

Desnudaré de sombras el acertijo
de tus palabras
y, creyendo firme en la desaparición
que invocará la razón
de un último beso,
plantaré un árbol de silencio
que tendrá en sus ramas
tu nombre escrito
en ráfagas de hielo.
¿Cuál es entonces el sentido
de tanto amar,
sino sufrir,
sino arder,
sino soñar,
acaso morir de tanto vivir
esta verdad que divide
al corazón?

Es así, el juez, no yo.
Tú, no el amor.
Yo, no el olvido.
La tristeza,
ni siquiera tú.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011

@CifuentesLucic

Fotografía: “Cubo”.
Original de Marie Pain (Lugar de los Coyotes, Mexico City, Mexico).
Usado con permiso de la autora.
Todos los derechos reservados ©.

La vanidad de mi cobardía

¿Se puede hablar de lo que pudo ser,
de lo que quiso nacer, quizás, como un deseo irreverente,
una entereza ciega, la pasión desmedida, despiadada, bella y perversa,
o de lo que simplemente intentó permanecer atado a las circunstancias del tiempo,
así de feble e inestable, así de poroso y alado, fantasmal como una lágrima seca,
maniatado, ajado, rancio e impenetrable como las raíces que amortajan el alma,
agrietado, seco y moribundo por el embrujo de unos ojos crueles, oscuros,
azuzado, herido, revolcado, disipándose, tenue y enmascarado, en la neblina
de la indecisión y de la comodidad,
en la callada y oprobiosa complicidad del aburrimiento y la perversión?

No soy más que mi vanidad creyendo amar en el sentido
eterno de la palabra.
Y aunque tu voz refleje la negación de lo que se es,
de lo que somos en la sensual fricción de esta ficción,
en la propia cobardía de mañana y en el miedo a entregarse hoy,
de convertirse en la brisa negra y penitente que mece las decisiones,
en la dulce conciencia de las amarguras y de los vanos juramentos,
en el sol impoluto que despeja una verdad dentro de la piel de una mentira,
la voz muda que rompe el equilibrio de los besos y de las condiciones,
el vértigo inmune que destruye el viraje de los vientos y la tentación de las mareas,
aquella soledad del alma que dijiste reparar con mi presencia
y que, en la hora final de mi ausencia,
en la complicidad voraz de las sombras,
se transforma con violencia en la broma que sacude esta desgracia
que es apostar al amor y no dejarle espacio al olvido.

Los sueños de mi alma,
no los asesine un corazón cobarde.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
Original de El Color de la Lluvia – 2011 [Borrador]

Fotografía: “Death and decay”.
Original de Marijana Lucic (Kikinda, Serbia).
Usado con permiso de la autora.
Todos los derechos reservados ®.

Amarte a ti

¿Cómo escapar de ti,
si te hiciste
la savia que alimenta
mi deseo,
la niebla que
confunde la noche
y mi sueño,
el despertar
y la vida?
Me revuelco la vida
que pierdo
en el gozo de la muerte
y en el
fallo que divide,
de esta forma,
todo lo que amé,
sí,
como adivinando
una tragedia
o una tregua
o la sensación
de hallarse atrapado
en ti,
esperando tu abrazo
para sorber tus besos
en la eternidad
y desear, soñar,
implorar que te quedes
esta noche,
este día.

¿Qué hace tu hermoso rostro
dormido en la retina
de mis sueños,
en el silente
vaho de la luna creciente
que abruma las sombras,
huyendo de las promesas
del día
y de los versos secretos
de quienes hacen del amor
una locura?

Soy la vigilia
de una noche
que inicia
en la ausencia
de tu cuerpo
y que concluye
en la soledad
de las palabras calladas
por doquier.
Y aunque te persigo
en las sombras del tiempo,
la noche solo me deja disfrutar
del aroma de tu cuerpo enclaustrado
en mi memoria,
y así,
vaciado de sal, sudor,
besos y simiente,
creo inventar esta triste manera
que es vivir para amarse
preparando los ojos
cuando se abran,
parpadeen y descubran
que no hay nada más allá
de las palabras susurradas
sobre tus labios de mujer.

¿Puede el amor ser así de intenso,
como una devoción sin fin,
como un torrente
que sufre de muerte
natural en la luz
de tus ojos?
A veces siento que vives
en la punta
de mi lengua
y que mi sabor es el tuyo,
que tu saliva
es la culminación que alimenta
el deseo de mi boca,
o que mirando el cielo saturado de estrellas
por el acerado sol del atardecer,
me perdería en tu mirada,
sabiéndolo todo,
sabiendo que no amas
para deshacer el tiempo,
la distancia o la ausencia,
que solo amas porque la saciedad
del alma nunca muere.

Queda para mi
el instante perecedero del sabor
de tu cuerpo,
del sudor salvaje
y de las lágrimas mezcladas
con los besos
y las palabras de amor
que no se olvidan,
amarte a ti,
amarte así,
amarte en sí,
amarte
que se transforma
en todo.

Alejandro Cifuentes-Lucic © 2011
El Imperio de la Migajas – 2011

@CifuentesLucic

Photograph: “Lips” – Original by Marijana Lucic (Kikinda, Serbia). Artwork used with permission.

Los números de 2010

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com han analizado el desempeño del blog CATALEJO en 2010 y te presentan un resumen del alto nivel de la salud de tu blog:

Healthy blog!

El Blog-Health-o-Meter™ indica: Wow.

Números crujientes

Imagen destacada

Un Boeing 747-400 transporta hasta 416 pasajeros. Este blog de CATALEJO fue visto cerca de 5,200 veces en 2010. Eso son alrededor de 13 Boeings 747-400.

En 2010, CATALEJO publicó 108 entradas nueva, haciendo crecer el arquivo para 115 entradas. Subió 119 imágenes, ocupando un total de 49 mb. Eso es alrededor de 2 imágenes por semana.

El día más visitado de CATALEJO fue el 12 de diciembre con 86 entradas o visitas. El post más poular de CATALEJO ese día fue La carta de los amantes.

 

¿De dónde vienen?

Los sitios de referencia más populares en 2010 fueran facebook.com, twitter.com, ramonarbe.blogspot.com, es.wordpress.com y hootsuite.com.

Algunos visitantes buscan tu blog, sobre todo por catalejo, veracruz, inspiracion, mi principito y desde arriba.

Lugares de interés en 2010

Estas son las entradas y páginas con más visitas en 2010.

1

La carta de los amantes diciembre, 2010

2

La pecadora de Veracruz abril, 2010
8 comentarios y 1 “Me gusta” en WordPress.com,

3

1910 enero, 2010
5 comentarios

4

Patricio Riveros Olavarría julio, 2010

5

Amar la distancia septiembre, 2010
6 comentários

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