Pequeños segmentos en papel lagrimado

I

Dale un par de pinceladas al retrato que borras de mí.
Tendrás la certeza de que quien te ame
te amará a ti por ser cómo eres,
y no amará algo que se parece a ti,
que realmente nunca has sido tú.

II

Siento un gran vacío entre las cosas y yo,
siento un desgarro violento abriéndose en mi interior.

Dame el tiempo para ser de verdad
y volveré a tener la sonrisa que añoras
y mi mirada será entera de nuevo,
capaz de llevarte a donde yo sueñe.

III

Dale un par de lágrimas a estos versos que hoy escribo:
no me interesa verte siempre sonriendo
si aún sientes esa pena atragantándote la carne,
ni que tu espalda siempre esté firme
si en tu interior no dejas de sentir tristeza.

IV

Dale unos segmentos al tiempo
para que todo vuelva a ser como fuimos.

Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 / (Original de 1986)

El beso imperfecto

1

Ese beso imperfecto poseído ayer
en el rellano de una escalera,
mi dulce enhorabuena
-mientras el rocío del mar pulverizaba la orilla del mundo
con su insaciable sed de alcanzar las estrellas-,
es hoy el recuerdo tierno, perfecto, nuestro
de un beso profundo, fundamental
la raíz precisa de mi osadía.

2

Aquí junto a mi piel, tatuada,
la tuya me dejó una extrema confusión de humedad,
roces y aromas salvajes,
que ahora mudos se retuercen
en el placer de mis recuerdos.
La cruenta despedida,
el beso que destroza el momento hermoso,
la rememoración de los cuerpos y el sudor y el amor,
el mismo cielo, otra hora, hoy
la misma historia.

3

A mi poesía le falta tu rostro, lo sé.
Me lo dice la maestría que el tacto perdido de tus manos dejó en mi cuerpo,
y las profundas carencias que provocan en ti,
la ausencia de las mías por entre los hirsutos caminos de tu piel,
en ese sabor impreso en la memoria de los dedos y los labios,
esa profusa sensación que es tenerte así poseída en la insondable fruición,
suspendida entre mis brazos, anidada a mi regazo,
mía en el instante previo a desaparecer en la niebla de tus ojos.

4

He hecho un inventario de todas aquellas cosas profundas que quiero contigo,
y le faltan palabras al deseo que intento escribir en esta añoranza de tu nombre.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

1910

Me hice durante un cierto tiempo todas las preguntas posibles y aquellas imposibles también, sin darme respiro alguno al hacerlo ni menos otorgarme una respuesta que me hiciera sentir tranquilo, satisfecho, sosegado, más equilibrado, menos alerta con esta sensible situación que ha terminado por erizar la totalidad de mis sentidos. Al final de esa tarde, me preguntaste directamente lo que yo de verdad no me atreví a hacer: ¿qué quieres tú de mí? Te respondí desde el epicentro de mis emociones, sinceramente, no sin antes terminar de romper el fieltro de mi sombrero con mis nerviosas manos: Lo quiero todo… y nada.

Eres como una niña dentro de tu efigie de mujer, lo sabes ¿no?: bella, distinguida, grácil y graciosa, suave, pequeña. Te veo caminar y parece que flotaras a cada paso que das sobre las lozas del aparcadero. Eres esto y mucho más. No quiero mencionar otras cosas, pero me di cuenta casi de inmediato que provienes del linaje de las gentes de calidad (quizás del sur, quizás del propio Londres), pero así y todo, en vez de bajar la mirada, lo único que quiero hacer es mirarte a los ojos y transportarme desde tu iris hacia la intimidad azul de tu ser interno, tu universo fractal, tus secretos y porosidades profundas y profusas de la existencia. Me atrevo a hacerlo en esta vida, porque me invitas con esa dulzura tan propia de una mujer como tú: esa suavidad que no me deja otra alternativa que despercudirse el polvo de las ropas y alisarlas sin sentirme ya ni el canalla ni el soldado ni el poeta que se quedó en esta tierra azorada de costras salitreras. Sí, veo también que tu mirada desliza otras posibilidades aún más inquietas y hondas, una mirada que se ha posado en los albores y maravillas de este siglo, y que reclama para el futuro y para sí, la ciencia, el método y el estado de las artes, como una suerte de sitial que reposara sutil y sabiamente en tus hombros y en tus sueños, aquellos que no alcanzo del todo a percibir ni comprender, pero que ya no serán jamás extraños a estos tiempos.

Me sorprendes. No porque seas una mujer sumergida en aquellas cavilaciones propias del despertar y del progreso del mundo de mil novecientos de este lado del orbe, y cueste entender al mismo tiempo el por qué no las puedes hablar en los salones a la hora de la tertulia. Me sorprendes porque eres suave y de una apariencia frágil y pequeña: esa que al mismo tiempo es capaz de construir con sus manos –sí, con esas manos que parecen de papel y porcelana–, toda una orquesta de fascinantes ecuaciones equinocciales y algoritmos infinitos, impolutas y ajenas al humo de la combustión de las chimeneas de las calicheras sobre el horizonte del desierto.

Te he visto caminar por la avenida cerca del mar, con tu vestido blanco de tules y gasas, y la sombrilla de perlas y turquesas bajo este mismo sol medieval que asola este paisaje, una y otra vez, inclemente, aquí en la tierra donde no llueve nunca. Has adivinado que te he seguido con la mirada desde hace mucho rato, al punto que soy capaz de percibir, con un elocuente regocijo para mi –hasta que desapareces por una esquina de piedra cerca de la catedral, en la reseca arboleda que serpentea la costanera–, que no has apartado tus ojos de mi sombra negra que se proyecta gruesa más allá de los arrimos y del alumbrado público a gas y queroseno.

Esa tarde en el centro de la plaza te has referido vagamente a diversas cosas triviales (desde lo que sucede en Europa, como también a algunos pequeños fragmentos de tu vida, anécdotas sin mayor contexto y con la consideración de agradar al que hoy te escucha) y, dentro de toda esa fluida conversación, de alguna forma has logrado acorralarme entre las miradas, las nuestras, e impulsarme y atreverme a decir: “Siento que hay una energía que fluye entre nosotros”. Hubo un grato silencio, prolongado y mustio, y ambos quedamos sonrojados en un éxtasis muy parecido al efecto de volar al descampado sobre un globo de helio.

No te he vuelto a ver. Acaso así lo quieran los dioses. No te enojes con estas cosas que digo, que yo también tengo miedo de estos mismos sentimientos que colman mi existencia, desde lo cotidiano a lo divino, hoy y mañana, quizás siempre: si las cosas pasan siempre por algo, están pasando aquí y ahora.

Hoy se levantó una brisa extraña para esta época del año y me la quedé mirando ensimismado y feliz por un buen rato, siguiendo su rastro por las callejuelas de mármol que rodean los edificios de pino oregón, en la moderna avenida principal del puerto: incluso me dejé llevar por la agitación de ver algunos sombreros volar por los aires (un par de marineros y un oficinista de telégrafos detrás de ellos, no muy divertidos, hay que admitirlo), que, de tanto pensar en ti, de súbito quedé sentado en la escalinata del consistorial. Sí, pensando en ti y en lo que te rodea en este punto exacto de la existencia. ¿Dónde estarás ahora?, ¿qué estarás pensando a esta hora cálida de la tarde?, ¿cómo habrá sido tu día acariciado por ese propio fulgurar que surge de tu existencia? Me sonrojé más aún al ver pasar a un vigilante municipal que pareció adivinar mis pensamientos sobre ti, y que –con un ademán sobre el fieltro negro de su sombrero cucalón–, de alguna manera pareció concordar complaciente con mis evocaciones más íntimas.

He visto tus ojos, he sentido tu mirada sostenida en la mía, me has dicho muchas cosas que han terminado por quitarme el oxígeno de los pulmones (en los alvéolos me has corregido, sonriendo), y dejándome además con el estomago revoloteando de mariposas y con esa sensación de vértigo como cuando en mi niñez jugaba sobre las copas secas de los árboles. Sí, eso es. Me has devuelto la juventud al rostro, a mi espíritu, a los cuarenta y cuatro años de mi cuerpo, a las cicatrices de la guerra, al imborrable peregrinar por este desierto de salitre y escarcha, la tierra donde no llueve nunca. Me halagas con solo decir mi nombre (juro que he escuchado tu voz en sueños), y siento que jamás yo olvidaré el tuyo: pasarán más de cien años, mi querida, y aún veré tu sonrisa fresca haciendo ecos en una eternidad en la que de seguro ya no estaremos, pero que en su huella profunda abarcará las estrellas en toda la extensión de lo imperecedero. No importa. Por cándido que pueda sentirse, ha bastado tan solo esa mirada tuya para abandonarme a estas emociones profundas que me embargan hasta la incertidumbre provocada por el miedo a que me digas algo así como un “ya no más”. De nuevo esto me quita el aliento y sacudo la cabeza y termino por reírme del pesimismo acostumbrado y trágico de mis propios pensamientos.

Recuerdo tu sonrisa, tu voz, tu mirada (me has dicho que la mía te atraviesa, que casi evitas mirarme a la cara cuando más gente se encuentra cerca). Recuerdo cada cosa, cada gesto, cada detalle de las cosas que hablamos susurrando furtivamente aquella tarde de verano de 1910, bajo los pimientos y los aromos florecidos de este lugar tan seco, pero lleno de vida y de sueños por explotar, al mismo tiempo que permanece atado a recuerdos rojos y grises de sangre y de muerte: la arquitectura o la genética de este desierto parecen ser parte de la propia cadencia de la vida y de la historia: en un lado el amor y la alegría, en el otro, a modo de simple ejemplo, los tristes sucesos de la pampa en 1907.

Me preguntas: ¿Qué quieres tú de mí? Lo quiero todo, nada; esa es la respuesta, esto significas para mí. Así, hasta que el viento lo borre completamente y no quede más nada de este amor, nada más que una pequeña costra de salitre abrillantada por los rayos inclementes del sol.

Humberstone, en Tarapacá, Chile, nueve de enero de mil novecientos diez.

Nota encontrada en el fondo de una botella, en una olvidada estantería de una pulpería de fichas, derruida y abandonada en una oficina salitrera fantasma, en plena pampa del desierto de Atacama, en la Región de Tarapacá (Chile).

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

Me doy

No es exactamente apatía lo que me envuelve,
es algo un poco más profundo que el olor dulzón del invierno:
es una mezcla de amores desatados y océanos de fuego reprimidos,
que surgen demiúrgicos en mi superficie escorada,
pasiones y deseos un tanto desbocados por la claridad del día,
reflejada en las olas que murmullan en mi ventana,
escondidos en las letras secretas que quemo cada noche.

Me doy.

Ser un aprendiz de poeta,
no ser un personaje de ciencia-ficción.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2009

Fotografía: “Torso” – Original de Marijana Lucic (Kikinda, Serbia). Artwork used with permission.

El señor Morrison

Fuente: Algo de Jim Morrison desde http://www.eufonicoradio.com
Me siento en una orilla poco transitada del camino,
polvorosa, agrietada, añosa por así decirlo:
veo el desierto profundo, sus voces, otras luces lejanas,
la perspectiva de la vida, los ecos no visitados,
aquellas aristas de un tiempo inexistente,
el ocaso de otros soles perfectos,
la mansedumbre del atardecer en tus ojos.

Cuando miro hacia atrás
y veo por fin las cosas que hice y no hice,
queda aquí el secreto:
te veo entre lo que debí hacer.

Ahora es otro el camino,
uno distinto, de amores y abrazos diferentes,
de otras latitudes silentes, misteriosas,
otras esperanzas que surgen en la propia boca negra de la noche,
otra es la voz que descubre en esta miríada de estrellas,
lejos del fragor del sol
y del vértigo de la luna,
lejos de la muerte disfrazada de ti, señor,
y de tu encapuchada soledad,
que sobrevives a la ternura solo urdiendo
la delgada conmoción que surge de las lágrimas secas
que tu sangre no pudo sanar:
sin tu humedad,
soy solo un triste príncipe del desierto.

Ya no eres mi silencio,
ya no soy tu voz.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

Un caballero de metal

Postrarse en sumisión fue el más cándido de los actos ingenuos,
armarse caballero en esta vida requiere un poco más que honor:
lo sabes,
no basta que reluzca una armadura,
ni la nobleza de tu espada,
ni la tragedia de tu historia,
ni la dulce gloria o el ideal de tu destino,
ni en que mano empuñas la espada o la fuerza de ambas
o cuantos golpes impactaron tu yelmo.

Sólo conseguirás ser un caballero
cuando en la zozobra
cuando en la derrota
cuando de rodillas
cuando en la muerte,
cuando mirando tus ojos,
renuncies al acto altanero que guía tu mirada hacia la roja violencia
y decidas abdicar del penacho del orgullo,
aquella arrogancia que te cubre con su oscura capa.

Caballero, cabalga solo con el peso de tu armadura y de tus armas,
hoy que la arboladura que encadena tu condena,
es ya solo lastre de una vida pasada,
el silencio riguroso de la voz que mora más allá
de las palabras.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2009

Un Caballero

Sin duda,
mi propia visión en el espejo me sorprende:
el sombrero de copa, el traje de smoking con levita y chaqué,
bufanda blanca,
el rostro suave por la afeitada y,
por supuesto,
la sonrisa fiera,
después de todo soy un caballero.
¿Te atreverías a danzar esta pieza conmigo?

_____
Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2009

Circunstancias apremiantes

Caminamos sobre la pesadilla de nuestras circunstancias apremiantes.
Somos derrotados por nuestros pasos.

Colaboración de Alejandro Cifuentes-Lucic y Mamadou Diomandé

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2009

Un caballero, un bandolero

Bandolero

La vista en el camino, fija.
Debajo del pañuelo, la sonrisa fiera,
una mano firme en la brida,
la otra suave en la bandolera,
acariciando insensible el revólver metálico, frío:
esperando
esperando el momento
esperando la diligencia
y su tormenta de caballos.
Aunque el momento es feroz,
el instante que florecerá de violencia,
debajo del pañuelo tarareo una canción.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2009

Tarapacá

De estas tierras surgió mi ceniza mezclada y lavada con un desordenado tinte de sangre española, criolla, eslava y diaguita, casi amanecida y nutrida desde las mismas salitreras que hoy son ruinas de mariposas amarillas y gastados sueños de sulfatos y costras y borras de arcilla y recuerdos. Del desierto. Aunque lo mío es más cerca del mar: qué diablos, hubo que dejar el lecho maternal, enristrar por otras ciudades y calles, empiparse cuanto mosto se cruzase y perderse en un tropel de mujeres hasta encontrar el amor y la paz cerca de los cuarenta y cinco, con hijos y libros a cuestas, y un número enorme de pecados y pecadillos por callar mientras sonrío caminando entre las luces y las sombras de este atardecer.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2009

@CifuentesLucic

Fotografía: “Refugio” – Original del autor.

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