El número 6

El 6
Tengo frío
en el corazón,
aquí
en el corazón
del desierto,
desolado
como la inquieta arenisca
de Marte,
silencioso
como las quebradas
inmaculadas de la Luna.
Pero aquí
tengo el corazón frío.

En estos muros
acerados,
las calles
y las torres
tienen su numero grabado a fuego,
escrito en negro:
la torre silente
es la número 7,
y el modulo de pasadizos
y barrotes el 1,
el dormitorio de sueños
pasajeros consigna el 3,
y yo,
desnudo y anónimo
en la identidad,
con la mirada clavada
en el suelo vulnerado
por las huellas espartanas
de tantos recuerdos
y pesares,
soy el numero 6.

Una guardia armada
protege este castillo,
mientras otra guardia interna
cela los cerrojos
y las entradas,
que solo el silbido
irrespetuoso de la cuenta,
altera en su esencia
indiscreta,
la rutina
y las horas vacías
que anteceden a cada amanecer,
a la sola existencia
del número que soy,
el número 6.

Otros hombres
imparten justicia,
lejos de la penumbra
púrpura de este desierto,
conservando los números
vigilantes
desde la época de otras victorias
victorianas,
en las tribunas grises
de antaño
que hoy administran leyes
que atenazan la libertad,
no importando la inocencia
que se dibuje
en el rostro.
Aquí,
hasta el infierno
tiene su número,
el 91
y yo soy
el número 6.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2012
Libro: Escritos Metalúrgicos / 2012

@CifuentesLucic

Ilustración: “Uno”. Original de Chicho Valentino (España). Usado con permiso del autor. Todos los derechos reservados ©.

Laberinto

Estoy
en tu laberinto
en el corazón silencioso
de tu abrazo
entre la tierra,
el sosiego
y el musgo,
sosteniendo los pilares de piedra
de tu nombre,
que no encierran
otra virtud
que la preciada libertad,
ofensiva verdad
que es
estar
ser
prisionero en tus muros.

Impera la noción
que el tiempo
es una cándida experiencia,
una extraña expresión
de la vida,
que se erige incólume
como una trampa perfecta
que nos seduce
a intentar,
a tantear
a comprender
su naturaleza esquiva,
y no evidenciar
aquellos aspavientos
de su esencia,
los que se dibujan
en los rostros duros
y en las horas,
en las inclemencias
dadas y perdidas,
en las hebras delgadas
de tu recuerdo,
y en aquellas certidumbres
que aquejan
nuestra mirada
y que hacia
el final
nos alejan
de la pureza
de la significancia
de quedarse un segundo más
sosteniendo tu beso
y tus manos suaves
clavadas en mi rostro
ajado,
como si no existiese
ninguna imposición
sobre esta simple acto
que es dejarse
llevar
por la quimera oscura
que dejó tu silueta
al alejarse
sinuosa
en la desnudez
de estas palabras.

Aterido
en la soledad
de tu laberinto,
inicié este periplo
a ciegas,
con mi escasa valentía
a cuestas,
sobre aquel designio
que iluminó tus versos,
aquellos últimos.

Puedo decir
que confié
en tu augurio
y di este salto
al vacío,
bendecido en el mensaje
en clave aquí escondido,
sin comprender
que el tiempo,
para encontrarse
con el destino,
no tiene leyes que lo rijan
o le sirvan
de infortunio.

¿Qué debo ofrendar,
mi amor,
para abandonar este,
tu laberinto?

Despojarme
del lastre
muerto de mi vida,
de la armadura
de mi vanidad,
esa vana creencia
de ser yo la realidad,
que mis palabras
en sí
eran una verdad causal,
que el rigor
de tus ojos
implicaba mi única
oscuridad anhelada,
aquella que se viste
de incierta,
mortal.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2012
Libro: Escritos Metalúrgicos / 2012

@cifuenteslucic

Fotografía: “Muro”.
Original de Chicho Valentino (España). Usado con permiso del autor. Todos los derechos reservados ©.

Confrontación (versión acústica)

Dime de qué te escondes,
tú que le tienes miedo al viento de la libertad que aspiras,
cada mañana,
cuando inspiras mi nombre frente al sol.

Le temo a la franqueza enrarecida del vendaval que exhalas,
cuando ignoras mi piel,
ya extinta entre las cenizas de aquella alborada.

Y no le temes a la sinceridad que oculto bajo las cicatrices
de tu recuerdo,
pero sí me ahuyentas el recuerdo de los besos que,
irrefrenables,
incendiaron tu cuerpo de sentido.

Ahora con saña remarcas cada huella de lo que fueron tus besos,
sin ser yo la culpable del olvido ni del recuerdo,
tan sólo pedía tus ojos y tu alma,
pero recibía tus manos y tu frío.
¿Por qué no incendiarte conmigo?

Porque quise simplemente traspasar la frontera de tus decisiones,
y hacerme carne real en tus sueños,
humedad al contacto de nuestras miradas,
belleza en el roce de las voces y las palabras,
inundar de realidades tu mañana,
iluminar con tu corazón las oscuras avenidas de mi destino,
y regalarte lo que he guardado
-fundido así en el pecho-
todos estos años de búsquedas y cegueras.

¿Por qué nunca mencionarlo,
por qué llevarlo contigo?
¿A quién recurro ahora que he decidido el olvido?
No puedo vivir de un hubiera, mucho menos del pasado.
Tu voz calló y lo lamento,
tu corazón se guardó tanto y tanto sentimiento.
Eso de ser vulnerable no iba en tu pensamiento
y hoy que nos hemos perdido,
qué ganas con hurgar entre versos y enredos y laberintos.

Pero fue tu boca la que me puso en esta encrucijada.
Fueron tus palabras las que alentaron la vorágine de estos besos.
No fue el recuerdo,
fue tu presencia.
No fue el silencio,
fue el tono de tus caricias.
Y fui yo.
Sí, soy culpable de amar lo que imaginé,
como inocente de dejarte ir,
ahora que ya no estás.
No te amo por vanidad,
ni te dejo por hidalguía.
Lo hago porque sin ti deja de tener sentido todo lo escrito,
lo soñado,
la inspiración que alguna vez descubrimos antes del amanecer.

No te amarres a nuestro ayer ni flageles más las heridas,
ni toda esta melancolía o amarga sensación traerán nuestras esencias a la vida.
Duele… Me duele que mis labios, la sangre y el aire que respiro
oxidaran por completo tu espíritu,
duele que me trates como el Judas que te vendió sin estima
cuando amé tus ojos, tu sonrisa y esa cadenciosa poesía,
tal como aquella hiedra que algún día me envenenaría.
Te permití arrebatarme la niña y mujer que tenía,
te di caricias llenas de ilusión que más tarde romperías.
No me vengas con vagas imaginaciones cuando siempre cumplía
hasta la más mínima de tus peticiones;
no enuncies tu sentido por el amor que me tienes,
que desde hace mucho andas sin rumbo,
sin una brújula que te oriente.
Olvida que mi vestido alguna vez rozó tus pupilas,
recogeré de una vez los vestigios de un corazón que ha quedado malherido
por empeñarnos a permanecer contigo.

Aún no te das cuenta que fue tu silencio
lo que amordazó la lengua de mis palabras,
la odisea de mis versos perdidos de tu voz.
Erradiqué mi dolor en tu recuerdo para prosperar en la idea peregrina
de permanecer en esta historia,
para jurar que nada había muerto en este espacio regado
de aquellas memorias de cuando jugábamos a la indecencia del placer,
convertidos en un torbellino de fuego que iba arraigándose pesadamente en el alma,
como cuando el primer beso,
como cuando la primera mirada,
como cuando por primera vez nuestros corazones liaron
en un dueto de palpitaciones, susurros y sudor,
hasta quedar ensortijados en nuestra piel.
No tengo nada.
Ni la tormenta de tus ojos,
ni la furia de tu cuerpo:
preferiría morir de tu indiferencia que vivir
en esta sensación que es perderte en la llovizna que seca mi boca
con el agrio sabor de la distancia,
la sombra de tu rostro que veo reflejado en los talentos que tuve que vender,
al hipotecar mi espíritu desnudo y destruido,
al desahuciar mis esperanzas,
al mancillar todas las promesas y los sueños por amar a una mujer como tú.

Pongamos punto final.
Quédate con los recuerdos y la mordaza de tu voz,
termina de apagar el fuego que aún avisa entre las cenizas
y guarda tus ingenuas indecencias junto con tus placeres más prosaicos.
Te dejo los besos dados y ese sudor que aún no termina de recorrer tu cuerpo,
mis susurros que a otros gritarán
y mis distancias que a otros seguirán.
Te dejo mi indiferencia y tres abrigos para tu alma,
sólo pido que la encadenes,
ya no dejes que me siga.
Ahoga tus promesas junto a los sueños de amor
porque ya no deseo tu silueta tras mis huesos.
Olvídate de todo,
también de aquella mujer que ha dejado de existir.

Lo que queda de mi después de ese último abrazo,
esa última pérdida que va significado petrificar
la mirada en el horizonte vacío.
Me guardo las cenizas para mañana,
porque sé que volverás a arder cuando recuerdes el sabor de mi boca
revoloteando en tus ojos tristes.
Para un punto final,
un adiós.

—–

Colaboración original de May Rovles & Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011.

Publicación original en: http://www.juaveler.com/blog/en (http://bit.ly/qP78IE)

May Rovles (México) es autora del formidable y hermosos blog Confesiones de una Rana http://rovles.wordpress.com/

Fotografía: “Tequila (en el agrave)” – Original de Adriana Reid (México). Usado con permiso de la autora. Todos los derechos reservados ©.

Si te contara de un sueño

Estoy enamorado de una mujer que tiene asma en el alma.
Y ella está enamorada del miedo que le tiene a un hombre sin alma.
Y ese hombre sin alma sólo ama el ego que lo erecta sobre sus pies.
Y eso, sí, provoca un asma que se mimetiza en el alma.
Un alma de la que estoy enamorado.
Con la mía, que no lo es.

___

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
Incursiones. Del amor y otras mecánicas. Segundo Libro.

Fotografía: “Ella III”.
Original de Marie Pain (Lugar de los Coyotes, Mexico City, Mexico).
Usado con permiso de la autora. Todos los derechos reservados ©.

¿Qué harás el día del fin del mundo?

Recuerdo que de tus ojos bajé la mirada al anillo oscuro de tus senos,
y deslicé mis manos por sobre tu piel con la sinuosidad de un tigre,
dejando en ella una tonalidad salvaje de rayas negras marcando de amarillo
el rubor de tu cuerpo, con un tatuaje que no será para siempre,
pero que palpitará indeleble mientras así me recuerdes.

Mirándote en profundidad,
me volví azul y miel en el reflejo vivaz de tus ojos claros,
y supe de tu suave terciopelo rojo y violeta,
desembarazado, dilatándose
por sobre las palpitaciones erectas de mis manos que de sí,
ardiendo,
van perdiéndose en las serenas profundidades de tu cuerpo y de tu alma,
con la prominente esperanza de yacer en la paz que olvida la vana
tentación de tenerte un día más,
hoy cuando ya eres mía, mañana cuando ya me olvides.

Te besé envolviéndote con la textura del amor que devora,
en la inconclusa serenidad de perderse entre los labios
y las comisuras que tu sonrisa,
y va detallando una abierta invitación a empaparnos de nosotros mismos:
recuerdo que te besé en negro y en lo prohibido,
amén las incitaciones y los quejidos,
te besé hasta erizar de carmesí mi lengua en las tuyas,
una y otra vez,
te besé hasta que gritaste con el estertor del placer,
el término impreciso que es enamorarse de los sentidos
y las humedades,
con esa trivial convicción que las palabras declaman escondidas de rubor,
cuando la verdad es que hablan de sexo y de amores febriles.

Me convierto en el impacto que brota hacia tu interior
con la fuerza impropia que mi decoro va dejando, perplejo,
en la muda sucesión de tus abrazos,
e intuyo en tu mirada el temor de mañana
cuando ya no sepas de este hambriento apetito olvidándose de todo,
terminando con tu deseo atado a un árbol de soledad,
torturándote con el secreto de mi nombre que intenta huir de tus labios
cada vez que vuelves a sentir ese viejo amor,
el delicado velo de tu rendición,
al cerrar los ojos en pos de mi rostro.

Y sí, yo caería, por ti, aún el fin del mundo.

—–

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
Incursiones. Del amor y otras mecánicas
Segundo libro. 2010

Fotografía: “Perpetuidad” – Original de Adriana Reid (México). Usado con permiso de la autora. Todos los derechos reservados ©.

El fuego del olvido


Me gustaría ser esa lluvia
perpetua, insoportable, insolente,
que alimente grácil,
la humedad azul de tu cuerpo,
fraguada en la roja delicadeza del sol,
esa que siega de rocío
las mañanas invisibles del desierto.

¿Qué decir de tantas soledades
que van castrando el alma
con la fuerza de la ansiedad desmedida,
que se van deformando en angustias y pesares,
que se van quedando olvidadas
como las flores secas en un sepulcro,
que se van disipando en el corazón
como el sopor pálido
de tu recuerdo y de tu aroma,
en los clásicos días oscuros de lluvia
y viento?

¿Es tu soledad más fuerte que la mía,
que termina atándote a ella
como yo enredándome en ti?

Inevitable,
lo extraño todo de ti,
ineludible,
lo que perdí
en el fuego del olvido.

Eres todo lo que me falta,
la razón de lo que me sucede,
el sentido de lo que existe
al interior de mis palabras
y de la ofrenda que dejo escrita
entre los brotes tibios del firmamento,
mientras la vida nos inspira,
impetuosa,
a talar la oscuridad,
a tallar la luz.

En este periplo de sombras
de cara al universo,
encontré un solo sol,
y muchas lunas,
encalladas en el anochecer.
Y una noche para luxar los deseos
y dejarlos tatuados en el pecho,
como el brillo orgulloso
de haber tenido
tus brazos enredados a los míos,
y tus labios ensortijando mi cuello
con esas promesas liberales
que solo la humedad tienta.

Te extraño con el sentido de una patria,
con la visión del cielo perenne,
imposible,
con la extrema convicción
de nuestro sitio
aquí en la tierra,
mortal como el frío puñal del adalid,
acerado como la aceptación del tiempo.

Ya nadie escribe poesía queriendo mecer
en sus brazos
el olvido de esos ojos
que maldijeron los míos,
ardiendo con la prolijidad del abandono,
con la exactitud de la derrota,
la calma rota en traiciones
y detalles.

Y recuerda que la soledad es siempre,
y que yo soy más que eso.
¿Me dirás ahora el destino de tus alas?
Ya que te haces sombra, me despido.
Ya que eres de otro lugar, me quedo.
Ya que sueñas libertad, me encadeno.
Ya que no eres mía, me vuelo.
Ya que tu nombre no era el mío,
sólo me resta el recuerdo de tu silencio,
quemando como el grito
en una herida sin sangre,
como la delicada congelación
de los latidos.

Siempre merodea un corazón
en las alas de la soledad.
¿Y si eso de morir de amor
es solo una ilusión
del que ya ha muerto de amor?
Y sí, irreversible,
me haces saber que los versos
tienen otro sabor
en la aventura de tu boca,
y que las horas sepias de ayer,
las escribí con el alma muda
de cantares.

Y me perdí en tus ojos.
Y sabiendo de mi estupidez,
seguí perdido.
Y así seguiré mañana.
Estúpido y perdido,
en el fuego de tu olvido.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
El imperio de las migajas – 2011

@CifuentesLucic

Fotografía: “El camino de la Muerte” – Original de Adriana Reid (México). Usado con permiso de la autora. Todos los derechos reservados ©.

La otra luna

Ahora resulta que tendré
que aullarle a otra luna,
y gritarle a otros mares,
por sobre el ruido ensordecedor
del retumbo de las mareas,
la imprecisa posesión de tus labios,
y disputarle a la frágil cascada de tu nombre,
el disipado horizonte que amanece en ti,
ese que yace envuelto en la frágil
y conspiradora impudicia
que otorga la cadencia imperiosa y sutil,
de aquellos besos ateridos ante la cruel
evidencia de los días antes del desencanto
y de los incesantes segundos que provee
la despedida y las torpes palabras que vuelan
disputándose la vida,
entre la decepción y el desamor,
o la infinita y cruenta tortura que es,
entre los frágiles silencios desacostumbrados,
dejar de verse y de sentirse
y de tocarse y de fundirse,
renunciando en piruetas a la incierta partida
que produce el descontrol de tus decisiones,
y la vorágine de súplicas que dibujan en tu mirada,
la retirada que debate los distintos tonos
que la esperanza tiñe de negro
por sobre las tinieblas y el cielo,
para así reñirle a las estrellas
su frialdad insondable, intolerable,
codiciando ser como ellas para no
querer de nuevo abrazar el invisible hado de tu espejismo,
en esas noches colosales que la soledad va cristalizando
con la furiosa e insolente derrota de tu ausencia,
perdiéndome en aquellos lares y recuerdos
que traslúcidos y desvencijados,
no dejan de convencerme que los versos
tienen otro sabor en la aventura de tu boca,
y que tu boca ya no está más salivándome
palabras de franca idolatría, de
exquisita salvación.

Reconozco en ti el destino
que la luna le ofrece al lobo,
en la yerma expiación que son los sueños
sin más designio que despertar para no tenerte,
y desearse perdido en las palabras
y en la hambruna de codiciar tu abrazo
con la anónima ceguera que mutila mis manos
y cercena la quieta belleza de tu rostro del ensortijado de mis dedos,
y distingo en el desparpajo de mi cobardía,
todo el desdén que anido en la fortaleza de mi vehemencia,
y soy capaz de mirar en tus ojos
el crudo sabor espartano que un periplo solitario en la tormenta
le brinda al caminante mientras envejece bajo un manto de
oscuros solsticios y encadenamientos lunares,
cuando todas las sombras del día van callando
así de pronto, escondiéndose, evaporándose,
y las luces retraídas y pusilánimes de las promesas y los compromisos,
mueren en nosotros como el polvo de las estrellas que fuimos,
lo que sucedió floreciéndose mucho antes de nacer
y que nos desfloró por siempre después de morir.

—–
Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
El Color de la Lluvia – 2011

Fotografía: “Luna”.
Original de Marie Pain (Lugar de los Coyotes, Mexico City, Mexico).
Usado con permiso de la autora.
Todos los derechos reservados ©.

Yo soy tu carne


La carne es débil
y yo soy de carne.
Mi carne es tu debilidad
y tu carne es mi perdición,
y si yo soy débil,
tú eres mi carne
enredada en la mía,
y una vez de carne,
lo demás es tormenta,
toda tu tormenta,
y mi carne.

—–
Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
Incursiones. Del amor y otras mecánicas. Segundo Libro.

Fotografía: “Mina III”.
Original de Marie Pain (Lugar de los Coyotes, Mexico City, Mexico).
Usado con permiso de la autora.
Todos los derechos reservados ©.

Olvidé


I

Estar vivo

He sido borrado de amores,
he muerto barrido de mares,
he vivido en la decencia de la desgracia
y he muerto en la opulencia de la crueldad,
esa decadente incandescencia que es estar vivo.

II

Mis propias palabras

Le escribo a mi musa triste
y ella no lo sabe,
ni siquiera lo intuye en las lágrimas
cuando miro sus ojos mustios
y le hablo con las palabras de su propia boca.

III

La sombra de una emboscada

Olvidé que dormías en mis sueños,
silenciosa como la sombra de una emboscada,
y al escuchar tu voz percutir en el abismo de la realidad,
sucedió que despertó todo el universo
y el latido del mar tuvo finalmente un claro sentido.

IV

Caminar ciego

No habrá luna que penda grácil del horizonte
ni tristeza que alcance a redimir esquiva el vacío
que tus ojos le han puesto a la tormenta de la vida,
borrando de las estrellas y de la noche, del claroscuro verso,
el ruego espeso que es caminar ciego sin la convicción de un mañana.

V

Entre tú y yo

No es lo que dices, sino cómo lo dices:
no es lo que sueñas, sino lo que pretendes olvidar:
sabes, entre tú y yo,
los secretos duelen más que la verdad,
en esa vieja y trizada costumbre que ya no vive en nosotros.

VI

Soy yo

Soy yo. Y eres tú.
Soy yo, y tu desnudez.
Soy yo, y la inmediatez.
Tú, y mi insensatez.
Soy yo. Y tú, por siempre, el vértigo de mis palabras.
_____
Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
Incursiones. Del amor y otras mecánicas. Segundo Libro.

Fotografía: “Mina II”.
Original de Marie Pain (Lugar de los Coyotes, Mexico City, Mexico).
Usado con permiso de la autora.
Todos los derechos reservados ©.

El agreste sabor de tus besos y el desierto de tu boca

En manos del olvido se termina amando sin recuerdos
y se desdibuja cándido el sentido de la vida borrando los trazos inseguros
que el desprecio que sigue al amor,
va cimentando quietamente en ese breve espacio
que es el bosquejo de una existencia deshecha entre el destino y el yerro,
entre el agreste sabor de tus besos y el irrebatible desierto de tu boca.

Te reconozco en la ingenuidad de mis ideas más tiernas,
en mis sueños más audaces -los de un nosotros, por ejemplo-,
en la procacidad incendiaria de mi deseo de ti y de tu cuerpo,
en la egoísta generosidad que es el riesgo de amar sin la reciprocidad de tu mirada,
o de beber en el agreste sabor de tus besos, la insufrible contradicción
que es vivir en el desierto de tu boca.

Quisiera hablar del fuego que nutre la noche de sueños y de espera,
pero no tengo labios para suturar palabras delicadas en ellos,
y presagiar así que las señales del fuego que quedaron grabadas en tu piel,
son sólo una terca excusa que dejan para mi el agreste sabor de tus besos,
como una devota marca que erosiona en ti el desierto de tu boca.

Y todas las sombras callan y sus luces, mueren:
el añejo polvo de las estrellas que fuimos,
ya sucedió mil veces antes de nacer y después de morir,
mientras la vida va fatigando el influjo de seducirme en el agreste sabor de tus besos
o de perdurar en la expiración que se va transformando ahora el desierto de tu boca.

—–
Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
El Color de la Lluvia – 2011

Fotografía: “Mina I” (Detalle).
Original de Marie Pain (Lugar de los Coyotes, Mexico City, Mexico).
Usado con permiso de la autora.
Todos los derechos reservados ©.

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