¿Qué escribir de ti, hermosa dama,
que no describa la esencia absoluta de mi pecado?

Saber de ti, es beber de ti.
Decir que te amo es también decir que fue breve,
y es decir que duele, aunque breve.

Te ofrezco la simple rectitud de mi mirada,
la espesa profundidad de mi amor,
sumergida desde la candidez a la complejidad,
mi compañía infinita frente al pozo ineludible del tiempo
y la poderosa y sempiterna proximidad de la muerte.

Pudiendo elegir otros brazos, distintos abrazos,
te ruego te quedes conmigo un pequeño instante infinito para descubrir,
que sólo soy lo que ves,
y que es mi corazón el que decidió, sin tribulaciones,
esta disyuntiva final de encadenarse a la frágil libertad de estar contigo.

Uno es el principio de todo deseo, mi hermoso amor,
y entre tú y yo, sí, entre los dos,
los secretos del delirio duelen más que la propia y fulgente verdad
de esta fiebre que quema por instinto la indecisión y la cobardía,
o que sobrepasa esta vieja mentira de decirnos que la soledad
no nos va llenando de dolor o de vacío.

Eres el pequeño soplo que me despierta palabras con un beso,
guardando el calor del roce de tus manos en el secreto regazo
de la noche que nace y muere aquí.
Te imagino como un deseo irrealizable, irresistible,
la tentación que inunda el arrebato quimérico de una sucesión de encrucijadas,
pero sólo lo imagino cuando te voy despojando de tus velos y pudores.

Y me incendio en la preciosa contradicción de tu humedad,
en el vaho inconmovible que de ti me desborda en el rocío
que bebo para aligerar suspiros y lágrimas nocturnas,
que aspiro como el vapor que nubla las estrellas con el color pálido de tu piel,
que me arropa desnudo como la niebla que antecede a la conmoción del orgasmo,
que fluye invencible en el cuerpo como la temprana lluvia del amanecer,
que glorifica el sol abriendo el collar de nubes que anudan el firmamento,
esa inmensa impregnación que nace para mi desde la profundidad de tus muslos,
rompiendo el silencio de mi voz por sobre la insaciable necesidad de amarse,
en la perfección que hace surgir mi saliva espesa y mi asperjado semen,
dejándote sentir el regalo de mi sonrisa irradiándose en tu rostro,
al compartir en un solo cuerpo,
la reciprocidad final de los amores de ti,
la entrañable tormenta de los perpetuos amores que dejé,
de los amores que encontré.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
El Color de la Lluvia – 2011 [Borrador]

Fotografía: “Musa” – Original de Adriana Reid (México). Usado con permiso de la autora. Todos los derechos reservados ©.