By Paul Hocksenar (Australia)

En un extremo,
una mano tersa acaricia el rostro de un padre,
de un esposo,
de un hijo
y se funde con los aromas que despiertan la mañana,
cada mañana,
aquellas prisas que la rutina convierte en la felicidad de contemplarse alegres,
reunidos en el reflejo infinito de las pupilas de los seres que se aman.

Con la misma gentileza,
una delicada mano de hombre acaricia los cabellos de una hija
que mima ensimismada una muñeca despeinada sobre su vestido,
o estrecha los delgados pliegues de una falda que regalan la hermosa imagen de una mujer
sobre la hierba mojada en una tarde de domingo,
o abraza los hombros cansados de una madre que mira con ternura,
los gestos que la vida ha puesto en un extremo de su mirada.

En las copas de los árboles,
el rocío teje aureolas de colores vivos que enmudecen con su retahíla, los murmullos
de las encendidas pasiones de un hombre amando el cuerpo de una mujer,
o la pureza de una mujer amamantando el destino de un niño anhelante,
que alegre crece soñando futuros y juegos y certidumbres
en los verdes parques diseminados en las doradas techumbres
que cosquillean de sol, las nubes y las brisas que corretean
y que mutan de vida las farragosas naciones y los viejos crisoles,
con ese arraigo tan peculiar de los hechos y de las virtudes y de los errores
que pueblan la historia,
que altiva y soñadora construye ciudades,
que vetusta y prometedora acuna el éter de los países,
el eco de la cultura, el sabor de las regiones,
la música de las identidades,
la áspera singularidad de un territorio que no es un mapa,
sino la devota representación del roce, del cariño, del calor humano.

En un extremo.

Una mano tersa aprieta el gatillo de un arma pesada disparada a quemarropa,
y destroza la carne, las vestimentas y las esperanzas en un estallido de metralla que rasga
y penetra el tejido vivo de hombres, mujeres y niños, de ancianos y jóvenes,
llenando la atmósfera de pólvora que danza desbocada en explosiones
rosáceas de sangre y de muerte,
mientras por sobre el silencio intermitente de la artillería y de los misiles,
queda el griterío de los heridos y de los agónicos,
cuyo hedor de miedo y fluidos, de horror y desamparo,
va lastimando las almas sobrevivientes más que la propia visión
de los cuerpos destrozados por el fuego y los escombros que barren de una plumada,
los pueblos y ciudades que la guerra va poniendo en su camino.

Una mano de hombre enfunda un cuchillo y desgarra, eficaz, frío, alienado,
el estómago y las orejas de otro hombre moribundo,
mientras descarga un cargador completo de casquillos de cobre y puntas cruzadas
sobre los rostros vendados de prisioneros y heridos, asesinándolos,
cociéndolos en metal y nitrato y esquirlas, concluida la misión de la tortura y
regando de sangre, recuerdos y de conocimiento,
de arte y de amores,
las paredes blancas de una ciudad abatida convertida en paredón.

Una mano de hombre va cercenando con una navaja, eficiente, los pezones
ensangrentados de un grupo de mujeres convertidas en despojos humanos que sollozan
las llagas y los escupos y los golpes y el semen al ser abusadas y profanadas
frente a sus hijas y sus esposos,
frente a la mirada extraviada y dolida de sus padres y de sus madres,
mancilladas todas, una vez, dos veces, cien veces, con el quebranto
que solo la muerte puede aplacar en la búsqueda del momento crucial de la asfixia,
a manos llenas, antes de que exploten ahogados los pulmones
y los esfínteres se retuerzan en una mueca de exaltado goce para los depredadores.

Una tersa y elegante mano de hombre, a miles de kilómetros de distancia,
sentencia el destino de niños, mujeres y hombres y de sus ciudades y sus campos
y sus siembras y sus animales y sus ilusiones y sus sentimientos,
dando la orden de rociar desde el cielo, toneladas de bombas de acero que desparraman
sobre el aire, fuego, gasolina, aceite de coco, poliestireno y benceno,
con la ebria capacidad de incinerar la vida, el carbono, el agua,
pero dejar intactos y sucios, hábilmente tiznados,
los edificios y los objetos y las plagas,
mientras una combustión incandescente se expande por el oxigeno quemándolo todo
y las columnas de humo señalan en el cielo,
los lugares asolados por las piras funerarias.

Una delicada mano de hombre coloca su rúbrica en un decreto con una pluma de plata,
y condena al exterminio a los amables vecinos de un pueblo soleado que,
cercano a otro villorrio marcado con un color diferente que lo distingue en el mapa,
se visten distinto, hablan distinto, rezan distinto.

Una mano de hombre acaricia el rostro de un hijo recién nacido.
Es una mano de hombre delicada y ocupada,
en un extremo o en el otro,
y la misma mano siempre.

¿Sabes cuántas guerras
se están diseminando,
hoy,
por la faz de nuestro planeta?
Paz, soberanía, libertad, religión,
agua, petróleo, gas, drogas
son sus nombres.

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Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
El Color de la Lluvia – 2011 [Borrador]

Fotografía: “The Faceless Victims Of War”. Obra original de Paul Hocksenar (Melbourne, Australia). Usado con permiso expreso del autor. Todos los derechos reservados ©.