Pienso en ti,
en esta hora en que la convicción ha vencido mi concluyente rigidez,
en el momento que me desplomo débil y encallado
a las promesas dormidas de tus besos,
en la oscuridad eterna de este mal paso dado a tientas,
ciego como el sonámbulo enamorado de la niña de tus ojos,
el viraje indomable que la vida ofrece un segundo después de resolver no seguir viviendo,
no seguir amando.

¿Qué me dices de morir definitivamente de esta soledad,
y en cinco minutos recordar tus labios cerrándose y abriéndose
como una flor enrevesada en los privilegios del sol,
para decir mi nombre por primera vez,
por última vez?

Resulta que la muerte se disfraza de soledad
y se instala en los corazones tristes con la promesa de un largo sueño:
en un extremo de la cuerda, la viga,
y en el otro, el sufrimiento.

No es el viento ni la sangre lo que mece tu recuerdo,
ni tu muerte es el olvido que agrieta toda esta tristeza que enjuga el corazón:
es tu voz, es tu risa, es tu mirada que, desvanecida, ida, muerta,
parece mezclarse con las sombras que nacen agónicas para cobijar la noche.

Y después del amor, de nuestro amor,
la muerte se quedará aquí con las palabras que antes te hacían latir en mi,
en los abrazos que incendiaban de sudor y besos el amanecer,
en amores que la muerte no podrá estrechar en sus brazos jamás,
con esa cadencia impropia que es mudarse desde la humedad a la desolación.

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Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
El Color de la Lluvia – 2011 [Borrador]

Fotografía: Fuente Tumblr / http://k-i-t-t-e-n.tumblr.com/