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Catalejo

  • Cuando el fuego se deshoja (ejercicio)

    marzo 14th, 2010

    Cómo se escribe una historia oculta entre las escalinatas y las sombras, entre los edificios y los monumentos, en los ascensores y los estacionamientos, cuya vertiginosa naturaleza y traviesa envergadura, envoltura subterránea y exultante que quiere florecer más allá del subsuelo, surgiendo, brotando, respirando fuera, rugiente, incadescente, libre, bella e instintiva con todo ese amor atrapado y compelido a no morir, a nacer furibundo con una fuerza acariciante, trepidante, excitante capaz de derribar el mundo, sus estructuras, sus barreras, su destinación, su honda definición, su nombre, su estirpe, su fuego.

    ¿De qué modo se expresa el desasosiego, la ansiedad, el deseo en la hilera de segundos, horas y días que decretan los tiempos de verte y de no verte? Acaso es una conspiración de la desasistencia, de la complicidad, de las fuerzas en oposición, del cosmos maquillado de orden y concierto, de felicidad y perfección, impedir que cada noche un soplo de mi vuele hasta a ti, y así, desatado, inmune, invulnerable, te alcance, te hilvane, te traspase, te goce profundo hasta anidarse subrepticio en el fondo de tu alma inquieta e inquisidora de la esperanza de un despertar del todo diferente.

    Esa noche, todo sucede a tientas. Me besa en la autopista y ya no tengo valentía alguna para volver a casa.

    El fuego de tu amor se deshoja frente a mis ojos con la sensación de haber arribado a un punto preciso de no-retorno en esta historia de miradas y de abrazos secretos.

    No queda otra señal que comprender el propio significado de tu mirada en mi vida y la implicancia exacta de mi existencia en tu corazón. Parece ser muy cierto que esta historia de amores y juramentos, de sacrificios y de entregas, construida desde el concilio de la casualidad, viene consagrada en la escritura más profunda e insondable de la causalidad de las cosas y el ritmo camelado de la respiración.

    No queda otra opción que rendirse a la evidencia feroz que la mortalidad de este amor traspasará imperecedero el portal del tiempo y del espacio. La dimensión tranquila que mi vida ha visto afectada por la influencia y la marea de sus designios, no ofrece mayor explicación que una sola verdad: no estaba preparado, no me lo imaginé, ya nada será igual.

    En esta hora incierta me pregunto si seré capaz de sobrevivir a este amor que vino a transformar la raíz más íntima de mi ser hasta convertirla en la promesa inacabada de una vida dentro de otra, espiral de una caracola bendecida por las olas que trajeron el fuego a estas costas de oscuridad y tristeza.

    No es cierto que necesite las llamaradas de tu amor para ser feliz: necesito la luz que brota de tus ojos solo para medir el tráfago de mi existencia entre la incertidumbre y la temeridad. Escribo aquí la marca más honesta de mi punto de no-retorno.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro A

    Photograph: «Flames» – Original by Marijana Lucic (Kikinda, Serbia). Artwork used with permission.

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  • La marea que somos

    marzo 6th, 2010

    Se abre la vida,
    Se abre la muerte,
    Se abre la tierra,
    Se abre el mar,
    Se abren los secretos.
    Somos la marea de doscientas generaciones.
    El despertar acumulado de nuestra memoria inconclusa e incómoda.
    El destello en la noche que indica el camino, que lo inicia.
    La oscuridad total que ciega la razón, por la fuerza.
    La voluntad de domar el mar, el desierto, los valles, los bosques y los hielos.
    La huella en la piedra. La piedra arrasada. La huella suprema.
    Eso somos.
    La complejidad de la sangre, la mezcla, el crisol imperfecto:
    la mirada altanera y aquella turbia también,
    la turba, el descontrol, la vergüenza que nos separa,
    la solidaridad, el amor, la entrega que nos une,
    la unidad que encara el destino.
    Somos el empuje de los conquistadores, los mapuche, los criollos, los patriotas.
    La sangre de la juventud. Roja. Vertida. Regada. Perdida. Caída. En cada movimiento.
    Somos también la vergüenza de cada porción de una historia de oscuridad
    que sembró de muertos nuestro oscurantismo naturalizado de discriminación,
    de una resquebrajada intolerancia.
    Somos la forja,
    la fragua de Chile,
    el metal de las voces,
    la acería de las palabras.
    Una nación de mujeres y hombres ungidos en la mezquindad
    y en la grandeza de la reyerta y la bondad.
    La marea que somos.
    Nos levantaremos.
    Mil veces nos levantaremos.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

    Fotografía: Prensa Diario La Nación, Chile (29 de febrero de 2010).

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  • La copa rota

    marzo 4th, 2010

    Recuerdas aquellos días cándidos de patiperrear por las costas del Maule y Bío-Bío.

    La felicidad del verano, la majestuosidad del mar y del paisaje del sur
    -acuarela variopinta plena de moléculas revestidas de verdor, humedad y vida,
    naturaleza forjada desde la propia médula austral del universo,
    puerta abierta y esplendorosa que impregna de luz y turquesa
    hasta las conchuelas apiladas en las dunas que dormitan sobre los tumbos
    que deja el relieve salvaje de las olas en la playa-,
    y la magia de viajar junto a ti, de la mano apegados por todo el trayecto,
    travesía adolescente detonada entre besos y retozos, entre abrazos y risas,
    de a dos, siempre, caminando apretados descubriendo un nuevo mundo,
    terminando de componer el paraje entero con nuestra mirada pionera descubriendo caminos,
    cuesta abajo hacia los roqueríos trenzados por el rugir amable del océano,
    cuesta arriba hacia los bosques de sombras eternas aún en mediodía,
    infinitos espacios públicos en donde hacer sabrosas contorsiones privadas.

    Qué viaje, qué recuerdos más intensos y hermosos: no solo pueblos y caletas: un millón de rostros se atiborran en mi memoria y son parte de un concierto inolvidable de nombres e imborrables historias de gentes y lugares.

    Recuerdo en Constitución a la dueña de la residencial que nos dio alojamiento con vista al mar y a las estrellas: -“Especial para el amor”-dijo sonriendo, cómplice. O los pescadores que nos llevaron al gran islote Orrego y con quienes compartimos unas cervezas heladas y empanadas de mariscos que compramos en un quiosco junto a la ribera del río Maule. (Esa vez en el bote me reñiste porque puse los pies en el agua y los niños que viajaban con nosotros quisieron hacer lo mismo. -No es culpa mía, mi amor, soy un niño grande– te respondí picarón).

    No me olvido de la caminata al Puerto de Magullines. Qué manera de caminar, ¿no? Pero qué delicia la arena suave y mojada bajo nuestros pies descalzos, y el rocío del mar cayendo como sifón en nuestros rostros bronceados de tanto engullir sol. Ibamos de la mano, a paso lento, sin apuro. En definitiva, no importaba: Magullines iba a seguir allí cuando llegasemos. Pero esa larga y relajada caminata tuvo también la hermosa oportunidad de poder compartir miradas y aventuras en el horizonte de un paisaje de ensueño, sacado literalemente de una postal veraniega del planeta Titán, que quedó grabado a fuego en nuestras emociones diarias de viajeros: la Piedra de la Iglesia, el Peñón de Calabocillos, la Roca de los Enamorados -nuestra favorita- y el Peñón de Elefante, lo más selecto de las formaciones pétreas del Maule.

    Evoco los largos días que nos tomamos en recorrer los caminos de la ruta (y también los pedidos), que van desde Constitución a Chanco, y de ahí a Pelluhue, Cauquenes, Curanipe, Cobquecura hasta llegar a Tomé, descubriendo las bondades y maravillas no solo del trayecto, si no de la simple y buena mesa: te acuerdas de la panzada de cholgas gigantes al vapor que nos dimos en un bolichito atendido por una sonriente familia, esa que seguramente inventó el verdadero concepto de la excursión dentro de la propia casa. Jamás he vuelto a sentirme tan a gusto. A mí se me ocurrió pedir vino y nos trajeron una chuica gigante de tinto que, por suerte, pudimos compartir con otros viajantes sometidos al gigantesco patache de pescados, mariscos, papas, cebollas y de chancho en piedra de sus vidas. Recuerdo tus ojos reflejándose en esa copa de vino rojo y como me sonreías con la naturalidad del amor exacerbado por el tono cálido de la madrugada cuando nos levantamos para ir a dormir. Esa noche te amé a ti, sin remilgos, sin ataduras, libre y sincero. Y me diste de vuelta toda una declaración material del amor. Así, sin más. Desnuda y franca, de principio a fin. Nos reímos, dijimos debe ser el aire del fin del verano en el sur. O los efectos del vino, aún. O quizás el húmedo sabor a mar que nos acompañaba hasta en los pliegues de la piel desde que arribamos a Maule, por Empedrado hacia la costa. Ya, a dormir, preciosa mía: mañana a Concepción y Talcahuano, para volvernos a Curicó, vía Linares y Talca, por la Panamericana Sur, rumbo al norte, de regreso a los lindes del desierto.

    La noche estaba despejada. Corría una leve brisa que terminó por refrescarlo todo. Era tarde. Sí, como en una premonición, nos dormimos abrazados en un ovillo desordenado encima de las colchas, mirando el cielo cargado de estrellas y de luces boreales que apuntalaban el amanecer.

    Hora
    03:34:12
    Fecha
    27/02/2010
    Latitud
    -36 12′ 28»
    Longitud
    -72 57′ 46»
    Profundidad
    47,4 km.
    Magnitud
    8,8 (Mw) GS

    —

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010
    Fotografía original en Diario La Nación (04 de marzo de 2010)

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  • La naturaleza del día

    febrero 26th, 2010
    1. Hoy no has venido y de verdad la vida ya no fue lo mismo.
    2. Hoy no has venido y de pronto, me sentí desamparado, perdido entre las piras que recuerdan que aquí estuvimos.
    3. Sabes reconfortarme con la suavidad de tus palabras en cada momento, en cada preciso instante, segundo, secuencia o hecho que logro invadir de tu dominio. Presente o ausente. Palabras que surgen violáceas desde tu boca nadando en torbellino por sobre las nubes y las tormentas -arriba del cielo-, y arreciando en mi para cuando las necesito y también cuando las (re)quiero. Tu aliento impulsa las palabras que constituyen toda una experiencia indivisible, única, bella: el murmullo tranquilo y cercano cuando me abrazas en la oscuridad o el torrencial latente de energía que brota de todos tus poros cuando me amas a plena luz del día.
    4. De noche me escondo, de día me proteges. Somos como un amor encubierto.
    5. A eso vine a este mundo, a amarte.
    6. Y también a fallar, a errar, a equivocarme: para qué existir si la rutina de la perfección no nos deja crecer.
    7. Me he buscado dentro del error. He descubierto que vivo en el error: de él me nutro, existo, allí soy y estoy. Prefiero el error al horror.
    8. Un error sería no amarte.
    9. Un horror sería no arriesgarme a hacerlo.
    10. Tus ojos tienen nombre. Tu mirada también.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro E

    Photograph: Button clusters – Original by Marijana Lucic (Kikinda, Serbia). Artwork used with permission.

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  • Tu mirada

    febrero 24th, 2010

    Qué harías si mañana dejara de escribirte, de pensar en ti de un momento a otro; que dirías si mañana ya no te hablara y descubrieras, así, de forma violenta, categórica, ineludible, que este amor no es más que una silueta pasajera en tu mirada, un fantasma que mora silente en los laberintos insondables de tu imaginación, la prosa inconclusa de una canción de amantes nunca cantada en realidad, la ilusión de un cándido que creyó tocar tu corazón con sus palabras y que respiró de tu mismo aire sin esperar una tregua que afincara la dulce o trágica verdad, al final, de lo que dicte tu mirar mañana.

    Me dices que me amas con esa soltura que da la seguridad de sentirse amada por alguien que no pide nada a cambio: en la ausencia de tu mirada, hablo de ti en realidad.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro A

    Photograph: «A needle in a haystack» – Original by Marijana Lucic (Kikinda, Serbia). Artwork used with permission.

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  • Rumores

    febrero 22nd, 2010

    (Dibujándose)

    Quién no ha pensado que los rumores del océano esconden dolores imposibles de ocultar.
    Quién no ha llegado a decir que las mareas,
    la imperceptible rotación de la tierra, la traslación de las estrellas,
    son las propias penas que la luna arrastra en su caminar,
    distante, pálida, sin palabras.

    Quién no ha sucumbido tristemente a la calamidad de presagiar que la muerte,
    en los besos dulces y atrevidos de los amantes,
    tiene un sabor distinto al de la fría expiración que cotidiana se contrae
    en el hábito y el lecho de los esposos, muda, 
    aceptando que en estas sábanas se olvidaron los arrullos y los ronroneos,
    y que el silencio embebido de los besos, los roces, la succión, la humedad,
    fue reemplazado con lágrimas y cicatrices.

    Si somos nosotros la materialidad viva del polvo de las estrellas,
    prendida al moho de las piedras
    y a la madera fértil del bosque desde siempre,
    también somos los lamentos mudos enjugados en la lluvia,
    en los mares, en el rocío y en la escarcha que inmaculada refresca tus ojos,
    haciéndolos una huella joven y eterna en mi memoria,
    paz de los vientos, silencio,
    vuelo fugaz y vertiginoso prensado en las alas del colibrí,
    palabra empeñada en la flor de la existencia.

    Como desearía tener la mínima habilidad de los poetas
    y escribir para ti algo pequeño y hermoso, sutil y venturoso,
    que se impregnara para siempre de la belleza imperecedera de tu mirada.
    Disculpen los astrónomos con sus catalejos y los científicos con su ciencia,
    si me identifico con la teoría del amor,
    esa que reza simple y sorprendida, cada día,
    la propia definición que de ti hace mi alma.

    Ámame, ámame esta noche hasta que la caracola quede sorda del ruido profundo traído del mar.
    Te sigo, te escucho, me entrego, te digo:
    no hay peor pecado de los amantes que el de no amarse en esta tierra.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010
    Incursiones. Del amor y otras mecánicas. Segundo Libro

    Obra: «Amantes 110» – De Nicoletta Tomas Caravia (España)
    Acrílico / Lienzo 50 x 50 cm. Collección Privada. Usado con permiso de la artista.
    Artwork used with permission.

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  • Control/Caos

    febrero 19th, 2010

    Al final, no puedes evadir la agenda secreta.

    Todo tiene un rastro.
    Alguien te vio conversando en un concurrido café
    o en realidad no eres invisible para miles de ojos en las calles de cualquier ciudad,
    menos en la tuya.
    Pero hay otras torpezas, menos naturales, más propias de tu identidad:
    no puedes evitarlo siquiera, es completamente adrede, en un completo propósito
    y te lanzas a publicar un poema críptico, la fotografía de un desliz, un comentario elípticamente directo,
    en los que cada molécula en sí habla de tus ojos, de tu singularidad, de tu existencia
    como queriendo provocar que alguien descubra entre líneas, sombras o palabras
    el secreto de tu nombre,
    la verdad de este amor encubierto,
    la eclosión de su realidad encarnada en tus entrañas,
    la quimérica complejidad que empezó con un simple “me gustas”.

    Cuando todo se tuerce, es el universo el que cambia de posición.
    Control, para qué, si tienes el caos.

    Colaboración de Chicho Valentino y Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro E

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  • El hombre en el patio (ejercicio)

    febrero 17th, 2010

    El lugar en el que trabajo es el epicentro de toda la actividad pública y política de mi región.

    Es en una escala comparativa y racionalmente mesurada la corte del rey, el lar clasista de sus cortesanos, el lagar por excelencia y definición, atiborrado de una tropa condicional y condescendiente de bufones, guardias pretorianos, magos, predicadores, vendedores, timadores, charlatanes, militares, leguleyos, prestigitadores, golfos, sicarios y uno que otro caballero de yelmo y oxidada armadura, mero y solitario cid de honorable espada extraviada en estas circunstancias y latitudes. Pero no era eso lo que quería contar. Es algo diferente y curioso –a mis ojos al menos–, que pude distinguir para el anecdotario, al ser observador del hecho, en esos mares de gentes y barullo.

    Un día cualquiera, mientras caminaba hacia el edificio central, alguien me comentó que fulano de tal llegaría a trabajar mañana (sí, mañana, cómo tanta otra muchedumbre que llega y se va sin avisar, así, sin más: la verdad es que tales noticias me hoy traen un poco anestesiado, aún cuando antes me tuviesen amostazado), y como mi respuesta solo implicara un encogimiento de hombros, mi interlocutor me despachó un par de palabrotas y se largó escaleras abajo sin despedirse ni sonreír. Seguí mi camino. Al traspasar la entrada, cuyo pórtico conduce de pleno al patio principal, me fijé bien haciendo eco del reciente comentario y sí, efeectivamente, allí estaba el personaje en cuestión, vestido en la sencillez de las mangas de camisa de mitad de semana y ungido de un candor insustancial, sin mayor atractivo, y acompañado de una irresoluta sonrisa mecánica. Alguien en particular, nadie en especial, una persona común y corriente. Debo decir además que el trabajo a desempeñar por esta persona (mañana, en el edificio del poder), no implicaba mayores ni especiales responsabilidades que las propias y normales de cualquier otro trabajador del estamento administrativo, sin menospreciarlas en lo absoluto.

    Bueno, la cuestión es lo que vino al día siguiente. El mismo reino, la misma gente, el mismo espacio, pero no el mismo personaje.

    Ahora era distinto: traje negro hecho a mano, camisa blanca, corbata de seda oscura, pelo engominado en contra de la raíz, zapatos lustrados por algún infante de marina retirado. Impecabilidad, elegancia, eficiencia, efectividad, todo en uno. Ecce homo.  Y un detalle importante en todo esto, en el conjunto: un aparato móvil blackberry pearl de última generación, con audífono inalámbrico incorporado. Quizás todo esto no me hubiese llamado mayormente mi atención –ya acostumbrado a tanta demostración y ostentación de poder en este lugar– como el hecho que estuviese al medio del gran patio central,  hablando y gesticulando por teléfono mientras caminaba animadamente de un lado a otro, pisando majestuoso a lo largo de las lozas húmedas a esa hora de la mañana. Nada en especial, en verdad, solo la duda respecto de cuál papel estaría representando en esta obra cruda de la realidad pública de mi ciudad, de mi región, de mi país. Ayer un ciudadano común y corriente, hoy un pequeño y lacustre señor feudal ataviado para grandes menesteres.

    —

    Años después la persona referida en esta breve relación, murió trágicamente asesinada en circunstancias nunca esclarecidas hasta hoy, víctima del emjambre de violencia citadina que nos corroe como sociedad. En esa oportunidad, como corresponde a un buen vecino y ciudadano de esta urbe, concurrí a expresar mi pésame a sus deudos a la capilla ardiente dispuesta para su último responso. En el silencio y recogimiento del lugar, finalmente, no pude dejar de pensar –sonrojado– en aquella vez que lo había visto en el patio del edificio consistorial de gobierno y preguntarme, sin aspavientos, a quién habría estado llamado ese día en particular y de qué habría conversado y versado tan estudiado diálogo, desde la jerarquía circunstancial de aquel hombre del patio, que -verdaderamente- no haya podido ser realizada el día anterior. Él no llamó a nadie en realidad, el hombre del patio dejó su ser fuera de las envistiduras y de los accesorios, y hablaba por su voz la deidad del arribismo de estos tiempos, ser lo que no se es, parecer otra cosa que realmente no somos. Triste, pero cierto.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro A

    Photograph: “El caricaturista” – Original by Adriana Reid (Ciudad de México, México). Artwork used with permission.

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  • Algo está extinguiéndose

    febrero 16th, 2010

    I

    Me pregunto si tan prolongado silencio se deberá a la extinción del planeta o a algo más simple como el rompimiento de este amor.

    II

    Siento que el mundo sigue girando afuera, alrededor, ruidoso, impertinente, indetenible, violento.

    III

    Ello me hace concluir, a pesar de resistirme a pensar algo que no quisiera aceptar, que la solución más simple a esta compleja ecuación, parece indicar que algo al interior de nosotros se extinguió insalvablemente. Una sosegada distancia de las horas se dibuja como una brecha infranqueable entre los dos, y ya no habla no dice ni escribe la razón o el corazón con la clara evidencia y locuacidad de los primeros besos, ni con la calidez primigenia de ese tocarse subrepticiamente, como en una coreografía casual y secreta, desenfada y acostumbrada a caminar continua y contiguamente por separado, a sentarse vecinos y retirados en el mismo lugar, cruzando miradas inocentes y penetradoras, explícitas e indiferentes, tiernas y accidentales, el juego perfecto para esconder cerca de nosotros, ese amor que arde furioso desde el epicentro de nuestros capilares.

    IV

    Este silencio concluye en la negación de algo que ha existido. En su extinción. Pero no puedo probarlo ni desmentirlo. Es como si hubieses desaparecido del todo dejándome solo en este desierto. La grácil tinta de tu letra se ha diluido manchando cárdena el recuerdo material de tu presencia, la tintura tornasol de esa fotografía se ha decolorado al punto de borrar en la realidad el lugar donde fue tomada. No estás. No puedo decir tu nombre. No puedo hablar de esto. No puedo callar mis pensamientos. Solo me queda la evocación alada de tu partida y la constatación del delicado silencio que ha terminado por inundarlo todo, no sin antes robarme la última bocanada de esperanza, el aliento acogedor que me mantiene aferrado a este mundo, a la ilusión de tu amor.

    V

    Me pregunto si tan prolongado silencio se deberá al rompimiento de este amor.

    VI

    El mundo sigue girando afuera, violento.

    (Escribiéndose mientras duermo).

    Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro E

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  • Ausencias

    febrero 15th, 2010

    No me propuse nada más esta mañana
    que no fuera detener esa inercia de pensar en ti:
    la fuerza devoradora que me transporta hacia tu dominio,
    tu reino, tu istmo en lontananza, una fractura del horizonte entre mar y cielo,
    tu isla secreta, la guarida del rayo, del viento, de la lluvia,
    tu casa de la templanza y del sol.

    Por más que quiera permanecer anclado a este puerto,
    no puedo evitar que tu marea arranque el anclaje, las ropas, las ansias
    y me levante en vilo, me azote, me insulte, me extinga,
    me cese hasta quedar sometido a la llamada de tu voz silenciosa,
    hoy, cuando ya no puedo con tu ausencia petrificada en los cantos de las puertas,
    en el aroma que traspasa las ventanas, que viene desde la calle y no va hacia ningún lado,
    como yo, purgando encadenado la eterna esclavitud del prometeo
    o la tristeza pétrea de un golem sumido en el olvido,
    sin más consuelo que los espectros transparentes de tu amor,
    que lloran sufrientes y perdidos, sus vagos recuerdos sumergidos en las olas bajo el cielo,
    que arden a fuego vivo en las llanuras del desierto cuando atardece,
    horas de penumbra en las que es más fácil respirar el pesado estigma de tu alejamiento,
    que el ligero recuerdo de haber bebido de tus labios alguna vez.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

    -20.244073 -70.138565

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