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Catalejo

  • La pecadora de Veracruz

    abril 30th, 2010

    Conocí una mujer que la vida terminó por etiquetar como la pecadora de Veracruz. Su historia sucedió, por así decirlo, hace muchos años atrás. Veinte exactamente.

    Tuve la suerte de verla hace unos días, a cierta distancia, en la ciudad de Barcelona, una mañana cualquiera en que la intuición me llevó a transitar arbitrariamente por las calles peatonales de los cafés y los bares, lejos del barrio verde de la universidad. Me llamó la atención su rostro pálido, casi translúcido como la sombra de un ángel. Si bien conservaba a su prístina edad, la grácil belleza natural de la mujer que cargaba con una mitológica raíz –su delgada efigie de frágil y pálida porcelana, la altivez propia del porte y estirpe de una dama-dragón: cabeza erguida, hombros seguros, ojos negros y penetrantes, mirada profusa y tierna, y una tersa cabellera negra almibarada por cuarenta y cuatro años de vida–, me intrigó de sobremanera su expresión de honda tristeza en el reflejo de sus ojos trágicos. Se veía melancólica y abatida, ausente y silenciosa en oposición al ruido espeso de la ciudad que no cejaba de romper el silencio sobre su caminar cansino por el boulevard.

    La observé caminar lento hasta que se perdió en la marea inconfundible de gentes que buscan un local para la merienda del mediodía. Iba enfundada en un largo abrigo negro de pelo y me pareció, desde lejos, que un vaho difuso de desilusión acompañaba los rítmicos pasos que campeaban bajo la incipiente lluvia ocasional del otoño ibérico. Desapareció en una esquina y yo me quedé parado sobre la húmeda vereda en la otra acera, casi a boca de jarro con el tráfico rugiente de mediodía y con una ruidosa manifestación de ecologistas protestando en tropel por la contaminación acústica de la ciudad. No la vi otra vez en Barcelona, pero guardé la secreta esperanza de verla nuevamente y quizás cruzar con ella una sonrisa, unas palabras de sana crianza, invitarla a tomar un café, ir al cine, a cenar, a bailar o a mirar las estrellas en una noche sin luna llena, caminando hasta el amanecer conversando de Varela y Huidobro.

    Meses después, ya concluida mi beca y de vuelta en mi país, tuve entre vuelos transoceánicos y transbordos en distintas terminales aéreas –además del dolor de espalda, la sordera y el jet lag–, el tiempo suficiente para pensar que no fue en vano ese encuentro casual y, por cierto, unilateral con esa enigmática mujer en el bello otoño de Barcelona. Irremediablemente, al evocar su silueta serpenteando por el relente de las calles de la comunidad más febril de Cataluña, llegué a pensar en el calificativo que en ella pesaba aún después de tanto tiempo. La pecadora de Veracruz. ¿Cuál era su historia, el verbo articulado, el túmulo de tan cruel sentencia? Escribo aquí lo que sabía, sumariamente.

    Ella era la joven esposa de un severo juez en Santiago. Al terminar la universidad, obtuvo una beca de posgrado en antropología en Veracruz y partió a estudiar. Dos años. Él se quedó en el país, atendiendo importantes asuntos relativos a su alta envestidura de magistrado de la nación, omnímodo tercer poder del Estado. También se dedicó, en el ínterin, a tomar en consideración otras cuestiones menos oficiales y más desvestidas, pero sin duda más placenteras y desenfadadas en el alejamiento. «Qué más da» –habrá dicho– «Ojos que no ven, a quien le importa».

    Con el tiempo, en las latitudes climáticas del sol mexicano, ella se fue quedando y sintiendo irremediablemente sola en un país lejano y distinto del suyo, en aquellas cosas cotidianas de la cultura que, a falta de los lazos familiares y comunes que unan el amanecer con el crepúsculo, terminan afectando más allá de lo ordinario cuando no se logran conciliar en la perspectiva del afuerino, del extranjero, del pasante, del migrado: los acentos, las comidas, las costumbres, las complexiones de la gente en la calle, las miradas que dicen otra cosa de lo que espetan las bocas, los versos que sin acariciar tampoco insultan pero que nunca dan la bienvenida del todo. La crueldad es a veces el subtexto de la realidad que construimos o destruimos. Y es cruel sentirse solo en este mundo, desamparado, desarrapado, así de triste, así de joven.

    En forma evidente, hubo en Veracruz un hombre. Ella no lo buscó en un principio, pero en un momento las miradas se encontraron irremediablemente en el espacio protegido de la universidad y de la antropología avanzada, en el aura de la investigación científica, la aplicada, en el terreno y en el campo de toda la experiencia, registro y evidencia de la arqueología, la antropología social, la bioantropología y la etnohistoria. Él era profesor allí. Ella, una estudiante. Y el tiempo, una línea difusa entre la soledad y la necesidad de amarse incluso por debajo de las uñas.

    No pudo evitarlo. Se mudó con él. Y él no pudo preverlo todo ni evitarlo, y la empezó a cuidar como se vela a la mujer de otro: con amor, con paciencia, con inusitada comprensión, con ese temor de despertar un día y no tenerla, no sentirla más, no sentir su ánimo susurrando misterios en la boca. Un año. Un año y medio: así el tiempo se desbocó, así en una marea relativa y exuberante de vivencias, conversaciones, de dormir pegados en el calor de las sábanas, de explorar el mundo desde la perspectiva de los amantes, de sentir el agotamiento como la fuente misma de la energía que se despliega frente a los ojos, para seguir viviendo, para continuar amando hoy, no mañana.

    Una tarde nublada, al regresar a casa, vieron un taxi aparcado en la puerta. Apoyado sobre los faroles delanteros, estaba el juez. La gabardina gris impecable, el traje negro, la camisa blanca y la corbata sobria como recién salido de una mala pesadilla aria. La máscara perfecta de orden y racionalidad maquinal. El taxímetro corriendo, el gesto inexpresivo sobre la mirada severa que cayó como un rayo sobre ambos que caminaban de la mano, juntos al inesperado encuentro: “Hellen –dijo- ¿qué significa esto? Ella, lívida, no dijo nada, limitándose a bajar la mirada y soltarle, en un tardío gesto de conservación, la mano a él, quien quiso decir algo, pero fue fulminado por un por favor, no se atreva a hablar nada. Silencio grave, pesado, como nunca se sintió de nuevo en Veracruz.

    “-Te vuelves conmigo a Chile, ahora.”-dijo el juez dictando sentencia, que es lo que hacía al final de todos los casos.

    En cosa de horas, con las lágrimas secas sobre el rostro pálido, ella miraba el océano Pacífico sollozando en silencio sobre un vuelo internacional hacia Santiago, vía Lima. Pudo soportar todas las impudicias del lenguaje y del vacío, la mano fría del esposo, férrea, la voz espumosa del juez que, trepidante, la llamó pecadora, cuando ella se dejó tironear para ser subida en el avión que, en un rapto y un vuelo entre atmósferas, la proyectó en otra soledad impensada: no lo vio a él en el aeropuerto buscándola, rescatándola de la decepción, del miedo de perderlo todo cuando se apuesta al amor con los ojos cerrados.

    No volvió a verlo. Él se quedó en Veracruz, no se movió de allí.

    El resto fue una puesta en escena cruenta y humillante. Como iluminado por la razón, el juez operó todos sus largos tentáculos por controlar la existencia de ella, hasta el punto de someterla al sonido de la palabra que acuñó para herirla por siempre: pecadora: eres la pecadora de Veracruz.

    – – –

    Pasaron tres años desde lo de Barcelona y lo que para mí fue por un momento un deseo lanzado al vacío, se convirtió en la realidad de un encuentro afortunado en el norte de mi país. Invitado por una universidad regional a hablar ya no sé de qué cosa literaria, no imaginarán ustedes mi sorpresa al verla sentada en la primera fila del auditorio. De seguro ese día tartamudeé más de la cuenta y también perdí la cuenta de cuántas y concretas incoherencias habré planteado a los participantes respecto del discurso poético contemporáneo chileno, pero lo que es cierto es que no le saqué los ojos de encima en ningún momento. Nunca.

    “-Soy científica» dijo ella más tarde. «Y yo soy poeta», dije sonriendo y nos quedamos conversando de Varela y Huidobro hasta el amanecer.

    Ella me pidió que le curara una herida profunda que latente erosionaba su nombre aún después de tanto tiempo. Y sí, yo me quedé prendido de su piel como un buque sin ancla varado en la arena, maravillado y perdido en los ojos de esta mujer de carne y espíritu y de mirada franca y sencilla -que había crecido en la autonomía y la libertad a partir de sus tristes experiencias de joven-, ya no como el espectador de esta historia, si no como el protagonista de nuestras vidas, para seguir viviendo, para continuar amando hoy, no mañana.

    – – –

    La vida tiende a tener un humor muy negro algunas veces. Un libreto más bien cruel. Triste y absurdo. Ella falleció en un accidente aéreo ocurrido en la ciudad de Veracruz el año pasado, que quiso visitar a modo despedida. Esa sola sensación, la de su muerte, se me grabó a plomo en mi corazón, como el trauma de una explosión de hielo incrustada en el fondo abisal de mis arterias. Fuimos felices los años que compartimos juntos. Tenía 48 años y se llamaba Hellen.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

    Photograph: “Veracruz” – Original by Eduardo Gomez-Allende (Veracruz, Mexico). Artwork used with permission.

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  • No puedo vivir mañana

    abril 28th, 2010

    Mi suspiro final se queda en ti,
    astillado, suspendido en tu boca,
    henchido, acezante como una hebra de acero
    que trenza el metal mi voz,
    que traspasa el eco diluido de tu nombre,
    entregándome indiferente al aguacero de besos
    que desborda mi horizonte,
    mi memoria, mi razón.

    Quedo prendido en el hilo
    de esa conversación
    que no se extingue, anhelante,
    el deleite supremo de este fuego
    que ha quemado todos los rastros de mi dolor hoy
    intimado a rendirme en el suave abrazo
    que me brinda la desnudez de tu cuerpo,
    derrotado en la pretensión de vivir
    por la incuria de esa herida que temo.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010
    Libro: El imperio de la migajas / 2010

    @CifuentesLucic

    Fotografía: “Rostro”, original de Camila Saldivia Inostroza (Iquique, Chile). Obra usada con permiso de la autora. Todos los derechos reservados ©.

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  • παιδοφιλια

    abril 26th, 2010

    Cierra tus ojos, niña.
    Confía en el desliz de este cáliz.

    Unge la palabra, el tacto, el divino suero
    la espada, la copa sagrada, la purpúrea promesa,
    la ligereza de tus pasos, tu belleza,
    la provocación de tu pureza.

    La cruz enmudecida te mira desde el domo más alto,
    la viga sostenida por el ojo en la simétrica estructura de la pirámide,
    el espanto indefinible,
    el abrazo sicario,
    el grito callado por la mano del cayado.

    Tú único testigo yace contigo, a un lado:
    la boca llena de tierra, la cara agrietada,
    las lágrimas saladas, perpetuas,
    la tristeza más triste, profanada,
    la sed más amarga, seca, virulenta,
    la violencia más duramente penetrante, rota,
    escaldada, tumefacta, flagelada
    la muerte en vida más vergonzosa,
    la humedad más áspera,
    artero, el puñal más doloroso,
    maldito, ebrio, sucio, mortal,
    la traición eterna e infame sobre la sonrisa más cándida de la creación.
    ___

    ¡Contra la pedofilia, una sola palabra, una sola voz!

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

    Fotografía: “Colores” – Original de Adriana Reid (Ciudad de México, México). Obra utilizada con permiso de la autora ©.

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  • Valiant (escrito decididamente por ti)

    abril 24th, 2010

    Me quedé prendado de ese instante postergado durante tanto tiempo:
    al final te decidiste caminar hacia mi y tocar mi puerta.

    Te quedaste en silencio mientras el universo detenía su cadencia presa de nuestro hondo abrazo,
    ese instante que nunca morirá en la historia el tiempo, inadvertido en plena calle,
    tú y yo fundidos en un beso eterno, un segundo, un caudal de amor,
    la luz almibarada confundida con los fanales de los barcos en el puerto, anocheciendo,
    los sabores de la virtud transformados en el placer de la saliva espesa, filante, devorándonos,
    toda una vida suspendida en una decisión valiente, decidida para mi, de ti.

    Después la existencia total reinició su ritual parsimonioso de cada día
    y vi levantarse tu mano en el acostumbrado gesto del adiós,
    quedando suspendido ese instante como una gota de rocío estallando en una flor,
    estrujándome el corazón con la pasión forzada de la última mirada,
    que ya no es la misma al descubrir que yo soy el dueño de tus ojos.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

    Photograph: “El puritito baile” – Original by Adriana Reid (Ciudad de México, México). Artwork used with permission.

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  • Un viaje silencioso

    abril 21st, 2010

    ¿Has mirado tus ojos?
    ¿Te has detenido a observar la magnificencia y el brillo que reflejan tu mirada,
    que encandilan la perspectiva encendida y dilatada de tu visión?
    Tus ojos: luceros, fanales, ocelos, iris, pupila, niña, retina.
    ¿Has visto en ellos dibujarse la profundidad, la gravedad, la circunspección, la elegancia de tu mirada?
    ¿Has logrado captar el instante infinito que tu mirada enfoca, somete, desnuda,
    agudiza las visiones que dan sostén eterno a la opacidad de la vida?
    ¿Has dimensionado cómo tu mirada se relaciona, se articula, se concatena al mundo y al universo
    en un intenso festín de colores y oquedades?
    ¿Has mirado tus ojos?
    En ellos se acomoda, se asimila, se ilumina la cadencia peregrina,
    la esencia cristalina, el contenido significante, la chispa inteligente
    que colma numerosa los caminos, los parajes, los mares, los desiertos y los campos de hielo
    y establece el milagro de ver y no ver, volver a entrever, mirar y descubrir,
    con esa suave y repentina dicha retenida en el nacimiento de la aurora,
    en la hora del crepúsculo, en la trayectoria libre de la luna,
    en el escrutinio de la luz y de las sombras, en la inmortalidad causal de las estrellas,
    en el viaje silencioso que traza la conjunción de dos puntos,
    la distancia que media entre la opulencia y la desolación,
    la diferencia que devela el simple misterio de esta ecuación:
    ¿Has mirado realmente tus ojos?
    En ellos se refleja mi silueta, amándote.
    ¿Me ves? Sí, si me ve…

    Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro M

    Photograph: “Glasses” – Original by Firman Hananda Boedihardjo (Jakarta, Indonesia). Artwork used with permission.

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  • Fiesta de amigos

    abril 18th, 2010

    Organiza una fiesta de amigos.
    Una fiesta en grande gozando
    el eclipse que corona libre este sábado.
    Empezará temprano
    y terminará muy tarde.
    Vendrán amigos de distintos lugares del mundo,
    incluso de Dubai.
    Todos los invitados dejarán sus sombreros
    en la puerta.
    Dentro de la fiesta,
    nadie podrá usar sus máscaras,
    ni siquiera las más acostumbradas
    o famosas.
    Tendremos que mirarnos a la cara,
    ser nosotros mismos.
    Un largo rato.
    No se permitirán caretas,
    sí las morisquetas.
    No habrán caras largas
    ni ceños contrariados,
    sí muchas sonrisas.
    Se respirará libertad.
    Habrán diálogos tamizados
    de frescas risas,
    remembranzas y proyectos.
    Podremos bailar acompañados
    de aquella música que le hace
    cosquillas a los pies,
    descalzos todos.
    Habrá comida española,
    mexicana,
    chilena
    y argentina.
    Habrá bebida
    y mucho hielo,
    se podrán fumar habanos de Cuba.
    Podré mirarte a los ojos
    sin tapujos
    y, cerca de la medianoche,
    te besaré en el medio del salón.
    Nadie comentará nada,
    estarán todos en sus propios asuntos
    o en sus largos besos.
    Es una fiesta de amigos.
    Una bella fiesta.
    Luces, no sombras.
    Afuera,
    la luna seguirá derritiendo
    la primera noche fría del otoño.
    Adentro,
    la fiesta seguirá soldificando
    nuestros espíritus,
    con la fuerza grata
    que el destino
    ha unido de esta mágica forma tribal.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

    @CifuentesLucic

    Fotografía: “Fortaleza”.
    Original de Lorena Cejudo (Riviera Maya, México).
    Usado con permiso de la autora.
    Todos los derechos reservados ©.

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  • El beso de la muerte

    abril 17th, 2010

    No llames a la muerte, mi amor,
    ella se vendrá sola y directa,
    y te dirá en un abrir y cerrar de ojos,
    sella los tuyos, con lentitud y penetración, mirándote morir
    no respires, descansa, expira la vida, laxa, es hora
    el momento del viaje, abrázate a mí, ahora y eternamente, fugaz y perenne,
    no me dejes, mi amor, es una sola vida, un salto, un juego prestado,
    en una palabra, un quiebre mortal, será mi recuerdo, todo, nada
    penitente, fractura indivisible, breve, frágil, aquí, yaces, muerta
    el sepulcro, el velo, el vuelo, nada más, nada.
    Tendrás tanto tiempo para dormir, mi amor,
    que después del beso oscuro de la muerte,
    ella misma se olvidará de ti, intrascendente
    como un sublime óbito de tu existencia, vacía, muerta.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro E

    Fotografía: “Apples are fruit” – Original by Marijana Lucic (Kikinda, Serbia). Artwork used with permission.

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  • Tus ojos

    abril 10th, 2010

    Tus ojos me han mirado caminar por el viejo barrio de esta antigua ciudad,
    todo el tiempo que la vida me hizo crecer y transformar con dureza, mi mirada de niño a hombre.
    No fue la lluvia, ni la niebla de la mañana,
    ni la maraña de tranvías deambulando de día y de noche,
    lo que impidió descubrir nuestras mutuas existencias sobre el asfalto húmedo de las calles de la urbe.
    Nunca me miraste, nunca advertiste mi presencia,
    nunca detuviste tus sentidos para captar el detalle de una vida que transitaba junto a la tuya,
    mirando disimuladamente la belleza altiva de tu porte, tu palidez otoñal
    la pureza cristalina de tus ojos, tu cabello negro ensortijado,
    respirando en silencio al ver tu silueta macharse enfundada en un abrigo gris, grácil, hermosa, glacial
    por las callejuelas regadas de gentes, de voces, de olores, de una atmósfera de rocío
    y de la ignición almibarada de las luces de la ciudad iluminando lentamente el atardecer.

    (Santiago, otoño de 1877 … años antes de 1910)

    Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010

    Photograph: “Your Eyes” – Original by Marijana Lucic (Kikinda, Serbia). Artwork used with permission.

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  • Siete mares

    abril 9th, 2010

    Sé que tendré un castigo violento por romper este código de silencio
    impuesto por la más honorable y sanguinaria cofradía corsaria,
    pero el revolotear de la muerte alada me provoca atreverme a dejar testamento
    de mis desventuras y deslices,
    de los aliados y los traidores,
    de mis amarguras y mis amores,
    de mi casta, mi puño, mi espada, mi sangre, mi hueso,
    de mi semén:
    todo lo que soy, todo lo que he sido,
    un hombre de sal, un hombre de certezas y dudas,
    un hombre nacido en la marea lunar,
    envejecido, encanecido en el mar,
    embrutecido en la experiencia y el dolor,
    un hombre muerto en la defensa del honor, de su reina,
    en el fragor de la pólvora y el fuego,
    renacido en las profundidades abisales,
    rematado en la perpetua luz de tus ojos.

    Prefiero ser un corsario, así,
    alegre y temerario,
    que convertirme en un iluminado por la razón,
    gordo y retorcido y vano,
    mediocre, corto y barbón.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

    Photograph: “Sostenedor de sol” – Original by Chicho Valentino (Madrid, España). Artwork used with permission.

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  • Enhorabuena (Cuaderno III)

    abril 9th, 2010


    Cuaderno III

    Mi esencia yace en tus ojos.
    La tuya hierve en mi sangre.
    Lo nuestro es un compartimento estanco
    de una aureola y dos cuerpos.
    Un velo, una espada.

    El ruedo,
    la cama,
    el salto al vacío.
    La dominación de los elementos
    surge de recrear tantas veces el momento del deseo
    y de arquear tu espalda bajo mi pelvis.
    Una vez más te lo pido.
    Otra vez más me lo das.
    Me devoras.
    Me posees.
    Me volatilizas incandescente
    y tu succión se estampa
    en mi hipotálamo,
    con la belleza de la unión sublime
    y poderosa,
    penetrándonos silente
    con la profundidad
    de un golpe de venablo.
    Me hablas dulce al oído,
    me gritas sucio a la cara.
    Te amo,
    me amas.
    Tus ojos llenan el espacio vacío
    que la tristeza terminó por cicatrizar
    áspera en los días del ayer,
    en los dolientes y desgravados
    momentos del desamor,
    de la tortura,
    de la absolución.
    Me miras con candor,
    reservándome el amor
    de tus años desnudos,
    ahora desvergonzadamente sonriente.
    Me gustas.
    Te doy,
    me doy.
    Me devuelves,
    te enroscas,
    te sales,
    te entras.
    Húmeda.
    Te saltas sobre mi
    como buscando la resistencia exacta
    que reviste la piel de mis palabras,
    la inquieta proporcionalidad
    de mis sudorosas verdades,
    de mis mentiras escaldadas,
    la naturaleza pudorosa de mi amor,
    el deseo que termina de morir
    en ti como el eco del rocío
    en el desierto.
    Estoy en ti,
    quieto:
    te quedas en mi hasta que desaparece
    todo el vigor de mi pértiga hundida
    en el naufragio voraz de tu laberinto,
    aquel pertinaz abrigo
    donde encierras la flor
    de tu agridulce venera.

    Puedo ser,
    enhorabuena,
    tu último refugio,
    la innegable decisión,
    valiente,
    gravitante,
    la primera vuelta
    de esta extraña transición,
    la final,
    ninguna,
    la quimera deseada
    en la profundidad
    de tus ojos,
    abiertamente,
    cierro,
    sello,
    lacro,
    la búsqueda de la libertad
    y la perdición,
    la fugaz historia de un amor
    escrito con sangre
    en el colofón de un libro secreto,
    la clave,
    el mensaje,
    la mirada,
    el fin advenedizo de los tiempos,
    lo que nos toca vivir,
    la fragilidad de sentir,
    de desear,
    de envidiar a quien te tiene
    ahora despeinada y cogida
    en el filamento contenido de otro reino,
    la distancia intima de mis ansias
    de ti
    mirando el cielo quemándose
    desde el sudeste.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

    @cifuenteslucic

    Fotografía: “Despeinada”, original de Chicho Valentino (Madrid, España).
    Obra usada con permiso del autor. Todos los derechos reservados ©.

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