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Catalejo

  • El número 6

    diciembre 14th, 2011

    El 6
    Tengo frío
    en el corazón,
    aquí
    en el corazón
    del desierto,
    desolado
    como la inquieta arenisca
    de Marte,
    silencioso
    como las quebradas
    inmaculadas de la Luna.
    Pero aquí
    tengo el corazón frío.

    En estos muros
    acerados,
    las calles
    y las torres
    tienen su numero grabado a fuego,
    escrito en negro:
    la torre silente
    es la número 7,
    y el modulo de pasadizos
    y barrotes el 1,
    el dormitorio de sueños
    pasajeros consigna el 3,
    y yo,
    desnudo y anónimo
    en la identidad,
    con la mirada clavada
    en el suelo vulnerado
    por las huellas espartanas
    de tantos recuerdos
    y pesares,
    soy el numero 6.

    Una guardia armada
    protege este castillo,
    mientras otra guardia interna
    cela los cerrojos
    y las entradas,
    que solo el silbido
    irrespetuoso de la cuenta,
    altera en su esencia
    indiscreta,
    la rutina
    y las horas vacías
    que anteceden a cada amanecer,
    a la sola existencia
    del número que soy,
    el número 6.

    Otros hombres
    imparten justicia,
    lejos de la penumbra
    púrpura de este desierto,
    conservando los números
    vigilantes
    desde la época de otras victorias
    victorianas,
    en las tribunas grises
    de antaño
    que hoy administran leyes
    que atenazan la libertad,
    no importando la inocencia
    que se dibuje
    en el rostro.
    Aquí,
    hasta el infierno
    tiene su número,
    el 91
    y yo soy
    el número 6.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2012
    Libro: Escritos Metalúrgicos / 2012

    @CifuentesLucic

    Ilustración: “Uno”. Original de Chicho Valentino (España). Usado con permiso del autor. Todos los derechos reservados ©.

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  • Laberinto

    diciembre 12th, 2011

    Estoy
    en tu laberinto
    en el corazón silencioso
    de tu abrazo
    entre la tierra,
    el sosiego
    y el musgo,
    sosteniendo los pilares de piedra
    de tu nombre,
    que no encierran
    otra virtud
    que la preciada libertad,
    ofensiva verdad
    que es
    estar
    ser
    prisionero en tus muros.

    Impera la noción
    que el tiempo
    es una cándida experiencia,
    una extraña expresión
    de la vida,
    que se erige incólume
    como una trampa perfecta
    que nos seduce
    a intentar,
    a tantear
    a comprender
    su naturaleza esquiva,
    y no evidenciar
    aquellos aspavientos
    de su esencia,
    los que se dibujan
    en los rostros duros
    y en las horas,
    en las inclemencias
    dadas y perdidas,
    en las hebras delgadas
    de tu recuerdo,
    y en aquellas certidumbres
    que aquejan
    nuestra mirada
    y que hacia
    el final
    nos alejan
    de la pureza
    de la significancia
    de quedarse un segundo más
    sosteniendo tu beso
    y tus manos suaves
    clavadas en mi rostro
    ajado,
    como si no existiese
    ninguna imposición
    sobre esta simple acto
    que es dejarse
    llevar
    por la quimera oscura
    que dejó tu silueta
    al alejarse
    sinuosa
    en la desnudez
    de estas palabras.

    Aterido
    en la soledad
    de tu laberinto,
    inicié este periplo
    a ciegas,
    con mi escasa valentía
    a cuestas,
    sobre aquel designio
    que iluminó tus versos,
    aquellos últimos.

    Puedo decir
    que confié
    en tu augurio
    y di este salto
    al vacío,
    bendecido en el mensaje
    en clave aquí escondido,
    sin comprender
    que el tiempo,
    para encontrarse
    con el destino,
    no tiene leyes que lo rijan
    o le sirvan
    de infortunio.

    ¿Qué debo ofrendar,
    mi amor,
    para abandonar este,
    tu laberinto?

    Despojarme
    del lastre
    muerto de mi vida,
    de la armadura
    de mi vanidad,
    esa vana creencia
    de ser yo la realidad,
    que mis palabras
    en sí
    eran una verdad causal,
    que el rigor
    de tus ojos
    implicaba mi única
    oscuridad anhelada,
    aquella que se viste
    de incierta,
    mortal.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2012
    Libro: Escritos Metalúrgicos / 2012

    @cifuenteslucic

    Fotografía: “Muro”.
    Original de Chicho Valentino (España). Usado con permiso del autor. Todos los derechos reservados ©.

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  • Confrontación (versión acústica)

    septiembre 25th, 2011

    Dime de qué te escondes,
    tú que le tienes miedo al viento de la libertad que aspiras,
    cada mañana,
    cuando inspiras mi nombre frente al sol.

    Le temo a la franqueza enrarecida del vendaval que exhalas,
    cuando ignoras mi piel,
    ya extinta entre las cenizas de aquella alborada.

    Y no le temes a la sinceridad que oculto bajo las cicatrices
    de tu recuerdo,
    pero sí me ahuyentas el recuerdo de los besos que,
    irrefrenables,
    incendiaron tu cuerpo de sentido.

    Ahora con saña remarcas cada huella de lo que fueron tus besos,
    sin ser yo la culpable del olvido ni del recuerdo,
    tan sólo pedía tus ojos y tu alma,
    pero recibía tus manos y tu frío.
    ¿Por qué no incendiarte conmigo?

    Porque quise simplemente traspasar la frontera de tus decisiones,
    y hacerme carne real en tus sueños,
    humedad al contacto de nuestras miradas,
    belleza en el roce de las voces y las palabras,
    inundar de realidades tu mañana,
    iluminar con tu corazón las oscuras avenidas de mi destino,
    y regalarte lo que he guardado
    -fundido así en el pecho-
    todos estos años de búsquedas y cegueras.

    ¿Por qué nunca mencionarlo,
    por qué llevarlo contigo?
    ¿A quién recurro ahora que he decidido el olvido?
    No puedo vivir de un hubiera, mucho menos del pasado.
    Tu voz calló y lo lamento,
    tu corazón se guardó tanto y tanto sentimiento.
    Eso de ser vulnerable no iba en tu pensamiento
    y hoy que nos hemos perdido,
    qué ganas con hurgar entre versos y enredos y laberintos.

    Pero fue tu boca la que me puso en esta encrucijada.
    Fueron tus palabras las que alentaron la vorágine de estos besos.
    No fue el recuerdo,
    fue tu presencia.
    No fue el silencio,
    fue el tono de tus caricias.
    Y fui yo.
    Sí, soy culpable de amar lo que imaginé,
    como inocente de dejarte ir,
    ahora que ya no estás.
    No te amo por vanidad,
    ni te dejo por hidalguía.
    Lo hago porque sin ti deja de tener sentido todo lo escrito,
    lo soñado,
    la inspiración que alguna vez descubrimos antes del amanecer.

    No te amarres a nuestro ayer ni flageles más las heridas,
    ni toda esta melancolía o amarga sensación traerán nuestras esencias a la vida.
    Duele… Me duele que mis labios, la sangre y el aire que respiro
    oxidaran por completo tu espíritu,
    duele que me trates como el Judas que te vendió sin estima
    cuando amé tus ojos, tu sonrisa y esa cadenciosa poesía,
    tal como aquella hiedra que algún día me envenenaría.
    Te permití arrebatarme la niña y mujer que tenía,
    te di caricias llenas de ilusión que más tarde romperías.
    No me vengas con vagas imaginaciones cuando siempre cumplía
    hasta la más mínima de tus peticiones;
    no enuncies tu sentido por el amor que me tienes,
    que desde hace mucho andas sin rumbo,
    sin una brújula que te oriente.
    Olvida que mi vestido alguna vez rozó tus pupilas,
    recogeré de una vez los vestigios de un corazón que ha quedado malherido
    por empeñarnos a permanecer contigo.

    Aún no te das cuenta que fue tu silencio
    lo que amordazó la lengua de mis palabras,
    la odisea de mis versos perdidos de tu voz.
    Erradiqué mi dolor en tu recuerdo para prosperar en la idea peregrina
    de permanecer en esta historia,
    para jurar que nada había muerto en este espacio regado
    de aquellas memorias de cuando jugábamos a la indecencia del placer,
    convertidos en un torbellino de fuego que iba arraigándose pesadamente en el alma,
    como cuando el primer beso,
    como cuando la primera mirada,
    como cuando por primera vez nuestros corazones liaron
    en un dueto de palpitaciones, susurros y sudor,
    hasta quedar ensortijados en nuestra piel.
    No tengo nada.
    Ni la tormenta de tus ojos,
    ni la furia de tu cuerpo:
    preferiría morir de tu indiferencia que vivir
    en esta sensación que es perderte en la llovizna que seca mi boca
    con el agrio sabor de la distancia,
    la sombra de tu rostro que veo reflejado en los talentos que tuve que vender,
    al hipotecar mi espíritu desnudo y destruido,
    al desahuciar mis esperanzas,
    al mancillar todas las promesas y los sueños por amar a una mujer como tú.

    Pongamos punto final.
    Quédate con los recuerdos y la mordaza de tu voz,
    termina de apagar el fuego que aún avisa entre las cenizas
    y guarda tus ingenuas indecencias junto con tus placeres más prosaicos.
    Te dejo los besos dados y ese sudor que aún no termina de recorrer tu cuerpo,
    mis susurros que a otros gritarán
    y mis distancias que a otros seguirán.
    Te dejo mi indiferencia y tres abrigos para tu alma,
    sólo pido que la encadenes,
    ya no dejes que me siga.
    Ahoga tus promesas junto a los sueños de amor
    porque ya no deseo tu silueta tras mis huesos.
    Olvídate de todo,
    también de aquella mujer que ha dejado de existir.

    Lo que queda de mi después de ese último abrazo,
    esa última pérdida que va significado petrificar
    la mirada en el horizonte vacío.
    Me guardo las cenizas para mañana,
    porque sé que volverás a arder cuando recuerdes el sabor de mi boca
    revoloteando en tus ojos tristes.
    Para un punto final,
    un adiós.

    —–

    Colaboración original de May Rovles & Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011.

    Publicación original en: http://www.juaveler.com/blog/en (http://bit.ly/qP78IE)

    May Rovles (México) es autora del formidable y hermosos blog Confesiones de una Rana http://rovles.wordpress.com/

    Fotografía: “Tequila (en el agrave)” – Original de Adriana Reid (México). Usado con permiso de la autora. Todos los derechos reservados ©.

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  • Si te contara de un sueño

    septiembre 12th, 2011

    Estoy enamorado de una mujer que tiene asma en el alma.
    Y ella está enamorada del miedo que le tiene a un hombre sin alma.
    Y ese hombre sin alma sólo ama el ego que lo erecta sobre sus pies.
    Y eso, sí, provoca un asma que se mimetiza en el alma.
    Un alma de la que estoy enamorado.
    Con la mía, que no lo es.

    ___

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
    Incursiones. Del amor y otras mecánicas. Segundo Libro.

    Fotografía: “Ella III”.
    Original de Marie Pain (Lugar de los Coyotes, Mexico City, Mexico).
    Usado con permiso de la autora. Todos los derechos reservados ©.

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  • ¿Qué harás el día del fin del mundo?

    agosto 8th, 2011

    Recuerdo que de tus ojos bajé la mirada al anillo oscuro de tus senos,
    y deslicé mis manos por sobre tu piel con la sinuosidad de un tigre,
    dejando en ella una tonalidad salvaje de rayas negras marcando de amarillo
    el rubor de tu cuerpo, con un tatuaje que no será para siempre,
    pero que palpitará indeleble mientras así me recuerdes.

    Mirándote en profundidad,
    me volví azul y miel en el reflejo vivaz de tus ojos claros,
    y supe de tu suave terciopelo rojo y violeta,
    desembarazado, dilatándose
    por sobre las palpitaciones erectas de mis manos que de sí,
    ardiendo,
    van perdiéndose en las serenas profundidades de tu cuerpo y de tu alma,
    con la prominente esperanza de yacer en la paz que olvida la vana
    tentación de tenerte un día más,
    hoy cuando ya eres mía, mañana cuando ya me olvides.

    Te besé envolviéndote con la textura del amor que devora,
    en la inconclusa serenidad de perderse entre los labios
    y las comisuras que tu sonrisa,
    y va detallando una abierta invitación a empaparnos de nosotros mismos:
    recuerdo que te besé en negro y en lo prohibido,
    amén las incitaciones y los quejidos,
    te besé hasta erizar de carmesí mi lengua en las tuyas,
    una y otra vez,
    te besé hasta que gritaste con el estertor del placer,
    el término impreciso que es enamorarse de los sentidos
    y las humedades,
    con esa trivial convicción que las palabras declaman escondidas de rubor,
    cuando la verdad es que hablan de sexo y de amores febriles.

    Me convierto en el impacto que brota hacia tu interior
    con la fuerza impropia que mi decoro va dejando, perplejo,
    en la muda sucesión de tus abrazos,
    e intuyo en tu mirada el temor de mañana
    cuando ya no sepas de este hambriento apetito olvidándose de todo,
    terminando con tu deseo atado a un árbol de soledad,
    torturándote con el secreto de mi nombre que intenta huir de tus labios
    cada vez que vuelves a sentir ese viejo amor,
    el delicado velo de tu rendición,
    al cerrar los ojos en pos de mi rostro.

    Y sí, yo caería, por ti, aún el fin del mundo.

    —–

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
    Incursiones. Del amor y otras mecánicas
    Segundo libro. 2010

    Fotografía: “Perpetuidad” – Original de Adriana Reid (México). Usado con permiso de la autora. Todos los derechos reservados ©.

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  • El fuego del olvido

    agosto 4th, 2011


    Me gustaría ser esa lluvia
    perpetua, insoportable, insolente,
    que alimente grácil,
    la humedad azul de tu cuerpo,
    fraguada en la roja delicadeza del sol,
    esa que siega de rocío
    las mañanas invisibles del desierto.

    ¿Qué decir de tantas soledades
    que van castrando el alma
    con la fuerza de la ansiedad desmedida,
    que se van deformando en angustias y pesares,
    que se van quedando olvidadas
    como las flores secas en un sepulcro,
    que se van disipando en el corazón
    como el sopor pálido
    de tu recuerdo y de tu aroma,
    en los clásicos días oscuros de lluvia
    y viento?

    ¿Es tu soledad más fuerte que la mía,
    que termina atándote a ella
    como yo enredándome en ti?

    Inevitable,
    lo extraño todo de ti,
    ineludible,
    lo que perdí
    en el fuego del olvido.

    Eres todo lo que me falta,
    la razón de lo que me sucede,
    el sentido de lo que existe
    al interior de mis palabras
    y de la ofrenda que dejo escrita
    entre los brotes tibios del firmamento,
    mientras la vida nos inspira,
    impetuosa,
    a talar la oscuridad,
    a tallar la luz.

    En este periplo de sombras
    de cara al universo,
    encontré un solo sol,
    y muchas lunas,
    encalladas en el anochecer.
    Y una noche para luxar los deseos
    y dejarlos tatuados en el pecho,
    como el brillo orgulloso
    de haber tenido
    tus brazos enredados a los míos,
    y tus labios ensortijando mi cuello
    con esas promesas liberales
    que solo la humedad tienta.

    Te extraño con el sentido de una patria,
    con la visión del cielo perenne,
    imposible,
    con la extrema convicción
    de nuestro sitio
    aquí en la tierra,
    mortal como el frío puñal del adalid,
    acerado como la aceptación del tiempo.

    Ya nadie escribe poesía queriendo mecer
    en sus brazos
    el olvido de esos ojos
    que maldijeron los míos,
    ardiendo con la prolijidad del abandono,
    con la exactitud de la derrota,
    la calma rota en traiciones
    y detalles.

    Y recuerda que la soledad es siempre,
    y que yo soy más que eso.
    ¿Me dirás ahora el destino de tus alas?
    Ya que te haces sombra, me despido.
    Ya que eres de otro lugar, me quedo.
    Ya que sueñas libertad, me encadeno.
    Ya que no eres mía, me vuelo.
    Ya que tu nombre no era el mío,
    sólo me resta el recuerdo de tu silencio,
    quemando como el grito
    en una herida sin sangre,
    como la delicada congelación
    de los latidos.

    Siempre merodea un corazón
    en las alas de la soledad.
    ¿Y si eso de morir de amor
    es solo una ilusión
    del que ya ha muerto de amor?
    Y sí, irreversible,
    me haces saber que los versos
    tienen otro sabor
    en la aventura de tu boca,
    y que las horas sepias de ayer,
    las escribí con el alma muda
    de cantares.

    Y me perdí en tus ojos.
    Y sabiendo de mi estupidez,
    seguí perdido.
    Y así seguiré mañana.
    Estúpido y perdido,
    en el fuego de tu olvido.

    —

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
    El imperio de las migajas – 2011

    @CifuentesLucic

    Fotografía: “El camino de la Muerte” – Original de Adriana Reid (México). Usado con permiso de la autora. Todos los derechos reservados ©.

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  • La otra luna

    junio 29th, 2011

    Ahora resulta que tendré
    que aullarle a otra luna,
    y gritarle a otros mares,
    por sobre el ruido ensordecedor
    del retumbo de las mareas,
    la imprecisa posesión de tus labios,
    y disputarle a la frágil cascada de tu nombre,
    el disipado horizonte que amanece en ti,
    ese que yace envuelto en la frágil
    y conspiradora impudicia
    que otorga la cadencia imperiosa y sutil,
    de aquellos besos ateridos ante la cruel
    evidencia de los días antes del desencanto
    y de los incesantes segundos que provee
    la despedida y las torpes palabras que vuelan
    disputándose la vida,
    entre la decepción y el desamor,
    o la infinita y cruenta tortura que es,
    entre los frágiles silencios desacostumbrados,
    dejar de verse y de sentirse
    y de tocarse y de fundirse,
    renunciando en piruetas a la incierta partida
    que produce el descontrol de tus decisiones,
    y la vorágine de súplicas que dibujan en tu mirada,
    la retirada que debate los distintos tonos
    que la esperanza tiñe de negro
    por sobre las tinieblas y el cielo,
    para así reñirle a las estrellas
    su frialdad insondable, intolerable,
    codiciando ser como ellas para no
    querer de nuevo abrazar el invisible hado de tu espejismo,
    en esas noches colosales que la soledad va cristalizando
    con la furiosa e insolente derrota de tu ausencia,
    perdiéndome en aquellos lares y recuerdos
    que traslúcidos y desvencijados,
    no dejan de convencerme que los versos
    tienen otro sabor en la aventura de tu boca,
    y que tu boca ya no está más salivándome
    palabras de franca idolatría, de
    exquisita salvación.

    Reconozco en ti el destino
    que la luna le ofrece al lobo,
    en la yerma expiación que son los sueños
    sin más designio que despertar para no tenerte,
    y desearse perdido en las palabras
    y en la hambruna de codiciar tu abrazo
    con la anónima ceguera que mutila mis manos
    y cercena la quieta belleza de tu rostro del ensortijado de mis dedos,
    y distingo en el desparpajo de mi cobardía,
    todo el desdén que anido en la fortaleza de mi vehemencia,
    y soy capaz de mirar en tus ojos
    el crudo sabor espartano que un periplo solitario en la tormenta
    le brinda al caminante mientras envejece bajo un manto de
    oscuros solsticios y encadenamientos lunares,
    cuando todas las sombras del día van callando
    así de pronto, escondiéndose, evaporándose,
    y las luces retraídas y pusilánimes de las promesas y los compromisos,
    mueren en nosotros como el polvo de las estrellas que fuimos,
    lo que sucedió floreciéndose mucho antes de nacer
    y que nos desfloró por siempre después de morir.

    —–
    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
    El Color de la Lluvia – 2011

    Fotografía: “Luna”.
    Original de Marie Pain (Lugar de los Coyotes, Mexico City, Mexico).
    Usado con permiso de la autora.
    Todos los derechos reservados ©.

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  • Yo soy tu carne

    junio 25th, 2011


    La carne es débil
    y yo soy de carne.
    Mi carne es tu debilidad
    y tu carne es mi perdición,
    y si yo soy débil,
    tú eres mi carne
    enredada en la mía,
    y una vez de carne,
    lo demás es tormenta,
    toda tu tormenta,
    y mi carne.

    —–
    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
    Incursiones. Del amor y otras mecánicas. Segundo Libro.

    Fotografía: “Mina III”.
    Original de Marie Pain (Lugar de los Coyotes, Mexico City, Mexico).
    Usado con permiso de la autora.
    Todos los derechos reservados ©.

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  • Olvidé

    junio 25th, 2011


    I

    Estar vivo

    He sido borrado de amores,
    he muerto barrido de mares,
    he vivido en la decencia de la desgracia
    y he muerto en la opulencia de la crueldad,
    esa decadente incandescencia que es estar vivo.

    II

    Mis propias palabras

    Le escribo a mi musa triste
    y ella no lo sabe,
    ni siquiera lo intuye en las lágrimas
    cuando miro sus ojos mustios
    y le hablo con las palabras de su propia boca.

    III

    La sombra de una emboscada

    Olvidé que dormías en mis sueños,
    silenciosa como la sombra de una emboscada,
    y al escuchar tu voz percutir en el abismo de la realidad,
    sucedió que despertó todo el universo
    y el latido del mar tuvo finalmente un claro sentido.

    IV

    Caminar ciego

    No habrá luna que penda grácil del horizonte
    ni tristeza que alcance a redimir esquiva el vacío
    que tus ojos le han puesto a la tormenta de la vida,
    borrando de las estrellas y de la noche, del claroscuro verso,
    el ruego espeso que es caminar ciego sin la convicción de un mañana.

    V

    Entre tú y yo

    No es lo que dices, sino cómo lo dices:
    no es lo que sueñas, sino lo que pretendes olvidar:
    sabes, entre tú y yo,
    los secretos duelen más que la verdad,
    en esa vieja y trizada costumbre que ya no vive en nosotros.

    VI

    Soy yo

    Soy yo. Y eres tú.
    Soy yo, y tu desnudez.
    Soy yo, y la inmediatez.
    Tú, y mi insensatez.
    Soy yo. Y tú, por siempre, el vértigo de mis palabras.
    _____
    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
    Incursiones. Del amor y otras mecánicas. Segundo Libro.

    Fotografía: “Mina II”.
    Original de Marie Pain (Lugar de los Coyotes, Mexico City, Mexico).
    Usado con permiso de la autora.
    Todos los derechos reservados ©.

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  • El agreste sabor de tus besos y el desierto de tu boca

    junio 14th, 2011

    En manos del olvido se termina amando sin recuerdos
    y se desdibuja cándido el sentido de la vida borrando los trazos inseguros
    que el desprecio que sigue al amor,
    va cimentando quietamente en ese breve espacio
    que es el bosquejo de una existencia deshecha entre el destino y el yerro,
    entre el agreste sabor de tus besos y el irrebatible desierto de tu boca.

    Te reconozco en la ingenuidad de mis ideas más tiernas,
    en mis sueños más audaces -los de un nosotros, por ejemplo-,
    en la procacidad incendiaria de mi deseo de ti y de tu cuerpo,
    en la egoísta generosidad que es el riesgo de amar sin la reciprocidad de tu mirada,
    o de beber en el agreste sabor de tus besos, la insufrible contradicción
    que es vivir en el desierto de tu boca.

    Quisiera hablar del fuego que nutre la noche de sueños y de espera,
    pero no tengo labios para suturar palabras delicadas en ellos,
    y presagiar así que las señales del fuego que quedaron grabadas en tu piel,
    son sólo una terca excusa que dejan para mi el agreste sabor de tus besos,
    como una devota marca que erosiona en ti el desierto de tu boca.

    Y todas las sombras callan y sus luces, mueren:
    el añejo polvo de las estrellas que fuimos,
    ya sucedió mil veces antes de nacer y después de morir,
    mientras la vida va fatigando el influjo de seducirme en el agreste sabor de tus besos
    o de perdurar en la expiración que se va transformando ahora el desierto de tu boca.

    —–
    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011
    El Color de la Lluvia – 2011

    Fotografía: “Mina I” (Detalle).
    Original de Marie Pain (Lugar de los Coyotes, Mexico City, Mexico).
    Usado con permiso de la autora.
    Todos los derechos reservados ©.

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