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Catalejo

  • Papá de tigre

    febrero 13th, 2010

    Mi hijo pequeño tiene seis años y ayer tuvo su primera pena de amor. Resulta que su mejor amiga –Connie– viajó a Costa Rica un par de semanas, a propósito de las vacaciones de nuestro verano austral –antes de retornar a clases en marzo– y para él resultó ser la despedida más sentida y triste desde que nos ilumina con su existencia.

    Al ver caer dos lágrimas por sus mejillas, me enternecí de sus sentimientos tan puros, resueltos y sencillos, comprendiendo que para él la pérdida producto del alejamiento –pasajera o definitiva– es algo concreto y sin condiciones alambicadas ni complejidades manifiestas, que lo afecta en la singularidad de su universo y de su patio trasero, su dominio del mundo conocido: no estará por espacio de varios días su compañera de juegos, su amiga del alma y del corrido de llamadas telefónicas a toda hora, su cómplice de carreras y jugarretas en lo real y en lo virtual, su hermana de la casa en el árbol y la piscina de agua fresca en los crepúsculos calurosos del desierto de Atacama, su compañía crítica en muchas tardes de cine y de grandes e inacabables correrías por el centro comercial.

    En fin, al enjugarle las lágrimas y consolarlo con un abrazo cercano, decidí que esa tarde me acompañara a la oficina y que estuviese conmigo, en mi último día de trabajo antes de tomar mis propias vacaciones. Me sentaría bien su compañía. En el edificio todos los conocen: los guardias lo saludan, las personas que trabajan en el aseo le sonríen y mis propios compañeros de trabajo se dan tiempo y maña para conversar y compartir con él las vicisitudes del momento. Mi hijo siempre retorna con creces la atención recibida y es cálido, amable y muy querendón, bastante disímil a lo que soy yo mismo en realidad.

    Así, sabiendo que desde mi oficina se domina el enjambre de pasillos que atraviesan el resto de la división lo dejé deambular libremente a esa hora de la tarde, mientras se retiraba todo el mundo hacia sus hogares. Me senté en mi escritorio y, al cabo de un par de llamadas y de responder y enviar una seguidilla de correos electrónicos, me di cuenta que, junto con el tiempo transcurrido, se había instalado un silencio alrededor de mi puerta y el pasillo colindante, sin divisarse por ningún lado la presencia casi siempre animada y ruidosa de mi hijo. Me levanté de mi silla, preocupado quizás que aún estuviese afectado por lo de la mañana, y salí a buscarlo presuroso y en silencio. No tuve que caminar mucho. Dos oficinas más. Allí estaba él y no estaba solo: en una de los escritorios vacíos de esa hora de la tarde había música y tres figuras bailaban animadas al son de Tick Tock de Kesha: mi hijo y dos de las más jóvenes alumnas practicantes se movían extasiados en una coreografía perfecta y sincronizada, riéndose de la alegría de la vida, disfrutando de la oportunidad de compartir un buen momento y la grata agrupación que se magnetiza en los corazones jóvenes y puros. Cómo se reían, cómo me reía de verlo gozoso y entero, poniéndose de pie respecto de los vaivenes y polaridades de la vida. Mi hijo en horas había descubierto la premisa fundamental de Gibran Khalil Gibran –aquella inferencia que nos toma años, en algunos casos–: que la alegría y la tristeza provienen de la misma fuente.

    Aún me sonrío con amor y ternura al recordar esta imagen de mi hijo que corona el recuerdo ya lejano de ese día. La polaridad del día y el equilibrio del ser. El verdadero sentir y latir de un ser humano. La vida misma. Desatada.

    Nota de comportamiento:

    1) Sin duda lo mejor de mi vida ha sido y es esta personita de la que habla esta pequeña historia. Mauricio Antonio es su nombre y me enorgullece decir que es el mejor de los hombres que he conocido.

    2) En Chile, el significado de «Hijo de tigre» implica que el hijo tiene igual o más talento que el padre.

    Recuerdos del verano de 2010.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

     

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  • Predicciones

    febrero 13th, 2010

    Una vida, una encrucijada, dos caminos.

    No necesito de tus predicciones para adivinar el fin de todo esto.
    Si hay una continuación exacta a esta inexacta peregrinación
    a algún lugar más allá de esta mezquina realidad, aquí,
    quizás solo me sirva para albergar un poco más de agudo dolor
    por un tiempo, en el corazón, sin más remedio, en las entrañas
    y saciar esta sed de amor que he sentido anidarse en mis vanas esperanzas,
    textualmente desde el mismo sitio más duro en mi memoria.
    Si te vas, yo me quedo.
    Si me muevo, desapareces.
    Si avanzo, tienes miedo.
    Si me detengo, entristeces.
    Y no puedo saborear tu aliento
    que se desvanece a 7.973,98 kilómetros a ultramar,
    ni recordar el tacto suave ni la fina textura de tus manos
    allende una constelación de océanos de distintos nombres y mareas.
    ¿Se puede oler el amor a tanta distancia?
    Quizás no, pero puedo sentir una bocanada de aire a mi favor
    que llega como un reguero de palabras inesperadas e intensas,
    tu voz disfrazada en el vuelo trashumante de las gaviotas y las estrellas.
    Sí, yo sigo aquí, a pesar de las tempestades, de los eclipses, de las montañas de la luna,
    aquí consciente de que no estás,
    no estás, lo sé
    ni arbitraria ni azarosamente,
    simplemente no estás.
    Y aunque buscara por todas las latitudes del desierto,
    funesto será para mí el día en que vuelva a hallar tu rastro.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

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  • Sueños

    febrero 10th, 2010

    He soñado estos días con mares, espejos, espadas, uniformes, viajes, naufragios, cofres, druidas, asesinos, corsarios, muertes y con toda una contelación imágenes vívidas, teñidas de espuma como el océano, el cielo austral, el solsticio meridional, mi latitud estacionaria, furias y titanes, compases y brújulas, pescantes y mascarones, cofas y trinquetes, ecos, nubes, calles, sombrillas, listados, favorecidos, perseguidos, bendecidos, plegarias, estrellas, cometas, estelas, carbón, diamantes, arena, tiempo, dolores, penas, alegrías, niños, juegos y esperanzas. Aún así, no puedo soñar con tus ojos.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro A

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  • Dos mesas más allá (ejercicio)

    febrero 9th, 2010

    No pude creer que la misma noche que despreocupada y aleatoriamente, después del trabajo, decidí elegir un buen lugar donde concurrir a beber un par de tragos, el azar te colocó 2 mesas más allá.

    Debo aclarar inmediatamente que ambos íbamos acompañados, pero no éramos nosotros la mutua compañía. La inmensa penumbra del bar –un sitio medianamente de moda y de agradables bebidas, vinos, sorbetes y tablas a toda hora de la noche–, permitió que la primera media hora no reparáramos uno del otro de nuestra cercana presencia. Ya el movimiento alrededor de las mesas –en la barra y desde y hacia el exterior del bar, en la zona de las terrazas y los jardines–, y la profusa circulación de parroquianos, parejas, villanos de novela negra y sensuales gatubelas por el atestado sitio, terminó por descubrir nuestras escondidas posiciones de guerra y también la frontal y directa cruza de miradas que posicionó una zona de fuego 2 mesas más allá. No hubo sobresalto ni sorpresa, ni ningún gesto recíproco delatante; no hubo suspiros enamorados, ni miradas lánguidas ni reproches culpables o ceños fruncidos por celos irrefrenables e inseguridades afloradas al instante de habernos encontrado –en la yuxtaposición de las miradas–, casi en línea recta por entre los claroscuros de ese atiborrado lugar. Tus ojos, mis ojos. Nada más, nadie más. Una mutua posesión sin dominio, un caudal calórico de entregas sin demanda, sin cuartel, liberación del cautiverio en libertad y laberinto con todas sus salidas luminosamente abiertas. Recuerdo de forma nítida cómo emergió desde mis adentros esa sensación pura y salvaje de sentirme invadido, poseído y poseedor de una verdad única o de una certeza irrefutable, casi mística, elevada a la categoría más alta de la filosofía.

    Me sacudió casi imperceptible la sensación cómplice y húmedamente erótica y aguijoneante de estar tan cerca de ti –solo dos mesas más allá– y tener la frialdad de seguir en mis asuntos, como tú de los tuyos, entretenido y dicharachero como el que más, entusiasta, complaciente y conmovedor de la compañía a mi lado y ocupado de la conversación más profusa que haya tenido lugar en ese bar. Hasta hoy.

    Santiago (Chile), agosto de 1999, 01:20 horas AM

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

    Photograph: “O’clock y felicidad” – Original by Chicho Valentino (Madrid, España). Artwork used with permission.

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  • Zozobras

    febrero 7th, 2010

    1

    Me imagino que esa noche en la gran cena del almirantazgo,
    te has enterado por boca del gobernador,
    que esos rufianes que se dicen caballeros y oficiales
    -malditos bucaneros-,
    han hundido mi barco.

    Te imagino muy pálida al escuchar
    los detalles del cruento combate
    entre mi barco en solitario
    y toda su flota,
    y el inventario demencial de sangre,
    pólvora, muerte y bravatas de justicia
    y valor denodado,
    sobre todo detrás de la línea de hombros
    de los primeros combatientes.
    Claro,
    los testigos del otro bando
    -el nuestro-
    yacen todos bien muertos
    y ajados en el fondo del mar
    y yo, su capitán,
    a estas alturas del relato,
    ya me habré convertido en un despojo amortajado
    y macilento en la garganta
    de algún gran escualo azul.

    2

    Quiero que sepas
    que me he batido noble y fieramente
    -hasta el final-
    como designio trágico y triste
    del día definido para morir,
    desde que inicié esta profesión
    y terminaste por azar cruzándote
    en mi destino,
    reiniciándolo:
    como sé que para ti nada
    es casual,
    agrego a esta bitácora del muerto
    que mi último aliento antes de expirar,
    con la vista fija en la espada,
    ha volado raudo hacia ti.

    3

    Seguramente,
    aquella noche en casa del gobernador
    -gran bufón y encomendero de los atropellos,
    los mayores vapuleos y
    y las más despiadadas granjerías del continente-,
    estarías furiosa en tu velo interior
    (te veo vestida de estricta y magnífica gala
    en la presente circunstancia,
    con un imponente traje blanco de lino bordado
    y encajes de tules dorados:
    encarnas la representación de la belleza cortesana,
    desvaída, aristócrata,
    musa tributación que todo hombre aspira
    a tener en su vida,
    atada a su lado,
    cazada,
    aún de mero y depresivo adorno),
    al escuchar las risas
    que provocó el relato insolente
    de tal aventura de los barcos de guerra del almirantazgo
    contra los crueles y feroces corsarios
    navegando en el bergantín Tus Ojos,
    aquellos que yo represento,
    que protejo,
    que guío,
    los peores enemigos de la corona,
    de la hermandad de estas costas
    y de la civilización que se erige
    a cuestas en estas latitudes
    en las que,
    era el capitán más temido y admirado,
    el más valiente.

    4

    Sé que desde las sombras del muelle,
    tras la espuma salada
    y la marea penitente que azota los fortines,
    mirabas el horizonte
    adivinando el surco
    que dejaba mi barco en el mar.

    5

    No importa:
    te tuve en mis brazos
    cuando era imposible tan solo soñarlo:
    hoy,
    perdido en esta zozobra perenne,
    solo necesito leer las estrellas
    para navegar hacia ti.

    6

    ¿Cómo se mide la reciprocidad del amor?
    Nadie puede hacerlo.
    Todo depende de cómo se revuelven
    las entrañas cuando al caminar
    el uno hacia el otro,
    nos vemos cara a cara.

    7

    Tus ojos
    son la peor muerte.

    8

    Y yo encarno
    tu zozobra.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

    @CifuentesLucic

    —

    Fotografía: «Desnudo», de Criag Mullins.

    Acerca de Craig Mullins: Nacido en California, Estados Unidos (1964), ha realizado extraordinarias portadas para libros, innumerables pinturas mates para películas como Matrix Revolution, Armageddom, Apollo 13, Final Fantasy: The Spirits Within, Forrest Gump, fantásticas ilustraciones para videojuegos Marathon, Halo: Combat Evolved, Age of Empires y expuesto en diferentes acontecimientos y galerías. A pesar de crear algunas de sus obras tradicionalmente, su estilo se ha decantado por los medios digitales a través del Corel Paiting y sobre todo Photoshop, modo que realiza en el estudio que posee en su casa de Hawai en la actualidad.
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  • Tus ojos (ejercicio 1)

    febrero 5th, 2010

    No puedo hablar de tus ojos sin hacer una referencia a tu mirada; no puedo hablar de tu mirada sin hacer una reverencia a tus ojos.

    Así, perdido entre tus ojos y tu mirada, no vi aquella regia tapa de la alcantarilla ni el vacío que de ella se desprendía hacia dentro de los confines del mundo conocido.

    Como la sombra de un personaje de Lewis Carroll, me he quedado suspendido entre el tropiezo y la caída, esa aguda diferencia de acercamiento gravitacional libre desde el cielo a la tierra. De golpe. Porrazo.

    Tendido de cuerpo entero (en el suelo), evoqué con científica consideración tus sabias palabras al despedirnos: «Cuídate, mi amor».

    Creo que presagiabas algo, no un deseo, claro, sino más bien una contundente visión de la que fue imposible escapar. Como de ti. Rendido.

    Tendido, peso muerto de la obra muerta entre la solera y la vereda, reflexioné sobre mis primeras palabras, las de arriba:

    «No puedo hablar de tus ojos sin hacer una referencia a tu mirada; no puedo hablar de tu mirada sin hacer una reverencia a tus ojos».

    Menuda frase, pensé. Hermosa, dirás. Alguien la repetirá por ahí o quizás raye algún muro público con su contenido de oposiciones.

    Una verdad innegable. Una prosa impecable. Un descubrimiento significante: puedo hablar de tu mirada y de tus ojos, ensimismado, pero debo hacerlo con la boca cerrada y la vista fija en el camino.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro E

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  • Padre

    febrero 5th, 2010

    Me pregunto dónde estás, que habrás estado haciendo a esta hora, otras horas, en otro tiempo, este tiempo, todos los segundos del tiempo. Me pregunto en qué piensas, y que llegaste a pensar sobre mí, realmente, en lo tocante a todas esas cuestiones esenciales o accidentales en las que nunca -ni por cerca- estuvimos de acuerdo: a qué hora llegar, a qué edad manejar la vieja camioneta azul, en cuál ciudad más cercana estudiar cuando ya se te hizo inevitable mi decisión de partir del hogar.

    Cuestionaste mis azares desde el principio, o supiste siempre la verdad sobre mis amores, pero no quisiste ser mi cómplice en aquellos momentos en que los halagos superficiales ya no tenían importancia ni efecto en el sobrevivir, ni ayer ni hoy. Me pregunto si todavía fumas, o si paseas por el verde del valle, bajo los árboles, usando esa vieja chupalla de totora, o si todavía cuelgas tu estetoscopio en lo alto del esquinero para que yo no lo alcance y pueda jugar con él. Me pregunto por ti, y se me anudan emocionados los recuerdos más diversos de las buenas veces, y de las malas también. Eres mortal, eras perecedero, ya no estás aquí, siempre lo estarás, lo estás.

    Esta noche me queda la duda sobre tus sentimientos y adónde fueron a parar, todos ellos, incluso los que escondías fuera de casa; no puedo creer el tiempo ya que no nos hablamos y hasta la resonancia de tu voz se me ha desdibujado en mi memoria, diluida al punto que todos mis recuerdos sobre ti son en silencio. Nunca hiciste caso en nada a nadie y ese fue el sello vital de tu existencia, tu aplomo especial para hacer frente a la vida -casi como en jugarreta-: los deberes eran primero, los amores después y el resto podía esperar un par de días.

    Me pregunto dónde estás, que habrás estado haciendo a esta hora, otras horas, en otro tiempo, este tiempo, todos los segundos del tiempo. Quién sabe si te pueda llamar mañana, sé muy bien lo que haría si me respondieras.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro S

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  • Amores de verano

    febrero 3rd, 2010

    Le temo a los amores de verano.

    Desde muy joven llegué a creer que al despuntar el mes de marzo (aquí, en el hemisferio sur), estos amores -al igual que el solsticio de verano- tienden a extinguirse, a fugarse a otras latitudes, a morir a medida que avanza insalvable el invierno hacia estos cálidos meridianos. Pero una cosa es temerles y otra muy diferente es hacerles frente. Así, de forma simple. Tengo un amor de verano. Hoy. En pleno verano.

    Me dice hola en la mañana con su voz fresca, muy temprano.  Me pregunta cómo será mi día y si me puede llamar de cuando en cuando, cada cierto intervalo que termina por ser casi todo el tiempo de la jornada matinal.  Me dice que le encantaría almorzar de nuevo conmigo en ese boliche solitario del casco antiguo de la ciudad, completamente a solas y furtivos, incluso de las miradas de las meseras que esperan impacientes desocupar las mesas para dedicarse a otros menesteres más personales. Me recuerda que me quiere y que necesita que la ame de nuevo como aquella tarde cuando por fin cedió a todas las tentaciones y tomó la iniciativa de incendiar el verano con la contribución amable e interesada de nuestros cuerpos desnudos. Me invita a que tomemos un helado de canela y que miremos despreocupados los escaparates de las tiendas. Me pregunta si me gusta tal o cual camisa, o si ya leí ese libro que está en la vidriera de la librería. Mientras sonríe, le tomo una fotografía en medio del lugar: aparece leyendo con un millar de libros de fondo y clavándome esos ojos negros con la mirada más intensa que puedo recordar. Esa fotografía es precisamente la que guardo en mi billetera.

    Si volviera sobre los miedos de mi juventud, debería temerle también a este amor de verano. Sin embargo, es otra cosa la que me hace cerrar los ojos, suspirar, pensar detenidamente en algo que no tiene que ver con el calor del estío propiamente tal. Tiene que ver con ella. Y lo que es. Es ella. Y lo que representa. Atesoro una pregunta impertinente, una duda crucial, el temor de saber si todo esto será amor, locura, maldad o aburrimiento… porque -verás- después de todo ahora es verano…

    Es muy probable que ella se marche también al terminar la naturalidad del sol en esta estación estival.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro E

    Photograph: “Playa Brava” – Original by the author.

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  • Amores de corsario

    febrero 1st, 2010

    Coplas Arrítmicas

    No tuve amores
    adolescentes,
    todos fueron de agudos
    y caústicos dolores.
    Tuve muchos amores
    ya de hombre
    -eso dicen-,
    pero no todos lo fueron
    en realidad.
    Hoy tengo un gran amor
    de adulto:
    quizás;
    acaso, no lo merezca.

    Pero no puedo volver
    a la pereza de la adolescencia
    en materia de amores
    ni abrirme a la seducción
    irrefrenable
    de mi edad de conquistador,
    ese claroscuro,
    melancólico
    e irresistible seductor
    blandiendo espadas
    y escaramuzas en todos los mares
    (incluso en uno que otro charco),
    imperiosa pericia
    que solo ha traído a este mundo
    desolación y descontento,
    desamor y saqueo,
    al final,
    mucho dolor adolescente,
    pero un millón más
    de leguas recorridas, comodoro.

    Ya estoy muy viejo
    como para recrear mis célebres
    calaveradas de corsario,
    aunque me sienta jovial
    y licencioso para corretear
    por los techos
    esquivando las balas
    de un marido celoso
    o darte a ti, mi dulce dama,
    una nochecita
    -más corta eso sí-
    con algo más que unas buenas
    cosquillas:
    no se me ha secado
    el palo mayor
    ni la brisa salada
    me ha sido esquiva:
    mis velas aún rebosan
    de la cálida estatura de mi osamenta,
    de mi velamen enhiesto,
    y el trinquete sigue firme,
    juguetón y justiciero,
    con un buen par de cofas
    y cabrestantes.
    A fin de cuentas,
    a barlovento,
    aún disparan mis cañones
    -a discreción, sí,
    la edad madura permite esto-
    pero, ¡ay!, de los fuertes
    que sorprenda con la guardia dormida:
    sus centinelas no podrán tocar generala
    en muchos días.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010
    Fotografía «Pirates word», original de Craig Mullins

    @CifuentesLucic

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  • Camino a casa

    enero 31st, 2010

    No puedo devolver mis pasos ni dejar de mirar los escaparates, las calles atestadas del verano, el sopor del sol que se funde en un vaho invisible y brutal sobre el pavimento, hirviéndolo, quemándolo; los miles de reflejos que despuntan -una y otra vez- en cada esquina guiñando las persianas, los letreros, las luces de neón de las tiendas y las estanterías, de los bares y los restoranes, las expendedoras de gaseosas y tabaco, de los bancos y los cajeros: tiñéndolo todo lenta y cromáticamente a través del vidrio transparente y del aluminio delgado de las ventanas de los edificios que se levantan espigados en abierta y libre competencia por más metros de altura con los postes, los cables, las torres de telefonía móvil y las gigantografías áreas, escapando en vilo hacia lo alto del cielo, por las nubes, el viento, en los pájaros que regresan a anidar costa adentro, en los aviones de pasajeros y de carga que colman del ruido de sus turbinas en las rutas locales e internacionales … y rebotando en el éter, pétreo e irrespirable, junto a las señales de radio y a la estela infinita de los satélites alrededor del planeta. Abajo, el paso lento de la gente (algunos alegres, otros ocupados, colgados en sus ipod, masajeando sus blackberries o cargando livianos y coloridos laptop: todos y cada uno, sumergidos en la naturaleza de sus propios asuntos, indiferentes al resto y del resto, ensimismados, enjutos, sudorosos, alegres y distraídos), alejándose del centro mohoso de la ciudad hacia la límpida y moderna periferia, en camino hacia los barrios coloridos del sur. En paralelo, la combustión de los motores que avanza lenta, febril y desordenada por las avenidas, calles y callejuelas cada vez más estrechas y atiborradas automóviles y bicicletas, de autobuses y transeúntes, donde ya no queda espacio ni para avanzar ni retroceder -en el punto culmine de la congestión de este día-, estacionada como una ola muerta enfrente de mi línea de vehículos: todos detenidos, estáticos, petrificados sobre el asfalto como animales prehistóricos empantanados en trampas de brea y de alquitrán. Instante perpetuo: no corre una pisca de viento ni siquiera una leve brisa confundida por la diatérmica o la densidad del aire de esta zona cero, mientras el sol desnudo e impasible quema la ciudad, desplazando el calor a través del tumulto y la muchedumbre que organiza, articula y distribuye una altisonora algarabía por las calles adyacentes, confundiéndose con la rítmica y sucesiva mezcla de música, cuyos beats se escapan a través de los poros de metal de los automóviles y los ronroneos rugientes de las máquinas estertorando el ambiente de la tarde y … allí me quedo, solo, traslucido, suspendido, alunizado, perdido, perenne, maravillado en la evocación de tu persistente mirada, saboreando el recuerdo salado, fugaz y frágil del último encuentro, de tus besos cándidos y feroces, de tu humedad interior que derrite todo lo mío, del vértigo en sí mismo salido salvajemente de este amor que me das, que me devuelves, que me retuerces, que me aturde, turba, desfigura y trastorna hasta el extremo crudo y descontrolado de desmoronar en una quemante avalancha en cada centímetro de mi propio camino a casa.

    Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro C

    Photograph: “Veracruz” – Courtesy by Eduardo Gómez-Allende (Veracruz, México). Artwork used without permission.

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